Robo de identidad y las cicatrices ocultas

Cuando hablamos de robo de identidad solemos centrarnos en dinero, cuentas bancarias, fraudes, contraseñas y documentos. En los daños visibles.

Pero los daños intangibles de ese delito suelen ser más profundos. Porque la identidad no es sólo un conjunto de datos: es la narrativa que construimos sobre quiénes somos.

Es nuestro nombre, historia, voz y reputación. También la memoria.

Por eso, cuando alguien descubre que otra persona se hace pasar por ella, no sólo siente miedo o enfado. Suele experimentar algo mucho más perturbador: la percepción de invasión del yo.

Es una sensación extraña, más perturbadora aún que cando se descubre que alguien entró en nuestra casa. Porque el hogar puede recuperarse, pero la identidad está unida a la propia existencia.

Dedicamos gran parte de nuestra vida a construir una identidad y a decir: “yo soy”.

Y de pronto, aparece alguien que utiliza nuestro mismo nombre, la misma presencia, igual representación.

Entonces aparece una fractura. Una pregunta silenciosa: Si otro puede parecerse a mí, ¿qué es realmente mío?

Quizá por eso, el robo de identidad genera una reacción emocional tan intensa. No sólo amenaza bienes. Peligra algo tan valioso como la continuidad, coherencia y autenticidad. Necesitamos sentir que nuestra historia nos pertenece. Si eso no es así, uno de los credos más arraigados se tambalea. La incertidumbre impera.

Una de las construcciones más valiosas. Nuestra identidad, es una construcción paulatina. La conformamos con cada decisión, amistad, pérdida, libro que leemos y proyecto que emprendemos, La creamos con cada acto de amor. Por eso, cuando alguien suplanta nuestra identidad ocurre algo parecido a la falsificación de una obra de arte.

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La copia puede parecerse, pero carece de la experiencia que la originó.

Y aunque ninguna apropiación de identidad puede arrebatarnos la experiencia vivida, los afectos y el significado construido durante una existencia, hay quien suele reafirmarse después de que roban su identidad. Pero en todos los casos, sin importar la manera de enfrentar este hurto, hay una cicatriz profunda que nunca logra borrarse.

 


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