El Papa León XIV clausura el año con un llamado a la esperanza y al designio de Dios
En la Basílica de San Pedro, el Papa León XIV presidió las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios, junto con el tradicional Te Deum de fin de año. En este contexto litúrgico, marcado por el cierre del año civil y del Jubileo, el Pontífice ofreció una profunda meditación sobre el sentido de la historia, la esperanza cristiana y la maternidad divina de María frente a las dinámicas de poder que atraviesan el mundo contemporáneo.
La plenitud del tiempo y el proyecto de Dios para la humanidad
Durante su homilía, el Papa se detuvo en el mensaje del apóstol san Pablo a los Gálatas, subrayando la expresión “plenitud del tiempo” como el centro del designio divino sobre la historia. Según explicó, la venida del Hijo de Dios, nacido de mujer, revela que la historia humana no es fruto del azar, sino parte de un proyecto de amor pensado desde siempre para la salvación y la filiación de todos los hombres.
María, signo de un designio que contradice la lógica del poder
El Santo Padre destacó la figura de María como la expresión más clara de la lógica de Dios, opuesta a las estrategias de dominio, violencia y ambición que rigen muchas decisiones políticas y económicas actuales. A la luz del Magníficat, recordó que Dios derriba a los soberbios y enaltece a los humildes, colma a los hambrientos y deja vacíos a quienes se aferran al poder y a la riqueza.
La esperanza de los pequeños sostiene el futuro del mundo
León XIV insistió en que Dios confía su plan de salvación a los pequeños, a las personas sencillas que saben esperar. Señaló que el mundo avanza gracias a la esperanza silenciosa de quienes, aun en medio de dificultades, creen en un futuro mejor porque lo ponen en manos de Dios. En este horizonte, evocó la figura de san Pedro, cuya fe humilde se convirtió en fundamento de la Iglesia.
El Jubileo y la misión particular de Roma
Al referirse al Jubileo que llega a su fin, el Papa lo definió como un signo concreto de un mundo llamado a la reconciliación y a la renovación. Recordó que Roma ocupa un lugar especial en este designio no por su poder histórico, sino por el testimonio de sangre de los apóstoles Pedro y Pablo y de tantos mártires.
Un deseo para la ciudad y un agradecimiento final
Finalmente, el Pontífice expresó su deseo de que Roma esté siempre al servicio de los más frágiles: niños, ancianos, familias en dificultad y migrantes que buscan una vida digna. Agradeció a quienes trabajaron durante el Año Santo para acoger a los peregrinos y recordó el anhelo expresado un año atrás por el Papa Francisco, pidiendo que la ciudad continúe siendo signo de esperanza para toda la familia humana, bajo la intercesión de María, Salus Populi Romani.
