Sobre Venezuela: Revisando los crímenes de Maduro
La invasión estadounidense ha reavivado el debate sobre la legitimidad de Maduro. El sigue sin ser legítimo.
Por Víctor Hugo Arteaga Aguilar
El sábado 3 de enero, en los albores de un nuevo año, alrededor de las 2 de la mañana el ejército estadounidense ejecutó una operación militar en Venezuela con la intención de capturar al presidente Nicolás Maduro.
La operación duró alrededor de 10 minutos y culminó con la captura del dictador y el bombardeo de posiciones estratégicas como Puerto La Guaira, Fuerte Tiuna y el Aeropuerto de Higuerote.
Al final de la operación, quedó claro que Maduro era, efectivamente, un rehén estadounidense.
Este golpe contra el régimen venezolano ha generado una gran cantidad de debates en todos los foros y espacios: las consecuencias para el derecho internacional, el estado de las instituciones estadounidenses y el futuro de Venezuela, Estados Unidos y toda América Latina.
Los ataques contra Venezuela han generado una gran cantidad de temas que no puedo abordar en un solo artículo, pero hoy quiero centrarme en un debate específico sobre el tema: la legitimidad de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela.
Antes de comenzar, quiero aclarar que no estoy defendiendo en absoluto la intervención de Estados Unidos en Venezuela; de hecho, me considero una persona muy crítica y me opongo a la intervención directa en América Latina.
Sin embargo, he visto cómo ciertos grupos ideológicos han hecho afirmaciones sobre la figura capturada con las que no puedo conciliar y mucho menos apoyar.
Muchos parecen defender la legitimidad del régimen autoritario de Maduro bajo la creencia de que ha sido democrático.
Además, muchas personas parecen estar confundidas con el conflicto y han concluido que, para oponerse a la agresión imperialista, es necesario defender el régimen de Maduro.
Todos estos argumentos tienen orígenes ideológicos, ergo, se basan en profundas concepciones erróneas sobre el panorama político de Venezuela.
Incluso me atrevería a decir que defender estas afirmaciones es una forma de invisibilizar el sufrimiento del pueblo venezolano; esto resulta muy cruel, no solo por las implicaciones de las afirmaciones, sino por el hecho de que muchas de las mismas provienen de sectores que se autodenominan “antiimperialistas” y afirman apoyar la resistencia popular.
Por eso, hoy quiero recordar a quien lea esto los orígenes del régimen de Maduro y la serie de atrocidades que ha perpetrado contra su propio pueblo: desde fraude electoral hasta tortura, asesinato, arresto político y la destrucción sistemática de la movilidad y las libertades económicas y sociales de Venezuela.
Maduro llegó al poder en 2013 tras la presidencia de Hugo Chávez Frías, el padre de la “revolución bolivariana”. Para entonces, los observadores internacionales habían advertido de la debilidad institucional de Venezuela tras 14 años de gobierno de Chávez.
Acciones como la expropiación de mil 147 empresas entre 2007 y 2009 demostraron ya un débil estado de derecho en Venezuela (Al Jazeera, 2012).
Además, el referéndum posterior para elegir a Maduro en lugar del líder opositor Henrique Capriles se caracterizó por rumores de tortura y fraude electoral.
El autoritarismo se volvería evidente en 2014, cuando una serie de protestas que denunciaban corrupción gubernamental y violaciones hacia estudiantes terminaron en el asesinato de al menos 43 personas por la Este acontecimiento marcó el inicio de la consolidación autoritaria del régimen de Maduro, y métodos como la tortura y la detención política se convirtieron en un tema de preocupación muy serio.
El momento más autoritario del régimen todavía estaba por llegar.
En el año 2017, la economía venezolana ya había colapsado debido a su dependencia en los altos precios del petróleo. Alrededor del 80% de la población quería que Maduro dejara el poder, pero el régimen prefirió hacer lo que quizás consolidó por completo su carácter dictatorial durante el resto de su historia.
En marzo de 2016, la oposición venezolana obtuvo una mayoría de dos tercios en el Congreso, amenazando el gobierno de Maduro. Así que él decidió reemplazar a la suprema corte con jueces leales a él, y así destituir a la Asamblea Nacional.
El decreto tuvo que ser revocado debido a las protestas que sucedieron posterior al mismo, pero eso no detuvo a Maduro ni sus lacayos.
En julio de 2017, el régimen realizó un falso referéndum para disolver la Asamblea Nacional y crear una nueva Asamblea Constituyente que estaba bajo el control del partido (también conocido como PSUV).
El referéndum fue claramente fraudulento, ya que solo el 40% de la participación electoral, 8.1 millones, votó.
El régimen de Maduro tomó el control de todos los poderes del gobierno ese año(New York Times, 2017) (Vox, 2017).
Las protestas de 2017 terminarían en el asesinato de unas 170 personas, el arresto de unas 5 mil y decenas de miles de heridos.
El fraude electoral se volvió habitual a partir de entonces, incluyendo en las elecciones presidenciales de 2018 y 2024.
El autoritarismo del régimen ha continuado desde entonces y ha afectado la vida de millones de venezolanos de maneras inimaginables.
El régimen tomó el control total del ejército y lo convirtió en la herramienta de represión del Estado, torturando y asesinando a manifestantes y figuras de la oposición durante los últimos años.
La tortura en Venezuela se ha utilizado tanto que el centro de tortura más grande de América Latina, el “Helicoide”, está en el corazón de Caracas.
Con la ayuda de grupos paramilitares conocidos como “colectivos chavistas”, la población ha sido sometida al miedo; si alguno de los colectivos te escucha criticar al régimen de Maduro, al día siguiente unos soldados o un policía pueden ir a tu casa y llevarte.
Hasta la fecha, se estima que hay 887 presos políticos, más de 20 mil ejecuciones extrajudiciales, cientos de personas asesinadas en protestas y decenas de miles de personas torturadas por el régimen.
La crisis económica que Venezuela sufrió después no tiene nombre. En 2019 la tasa de inflación del país alcanzó el 9586%, lo que refleja la crisis hiperinflacionaria que vivió el país (Reuters Staff, 2020).
Alrededor del 90% de la población venezolana vive en la pobreza y el 50% en la pobreza extrema.
Para muchas personas, Venezuela se convirtió en un lugar imposible para vivir, por lo que huyeron.
Una diáspora venezolana se extendió por el continente y el resto del mundo, terminando con 8 millones de venezolanos desplazados.
Muchas personas se han separado de sus familias y han partido al resto del mundo porque la catástrofe humanitaria del país les impidió seguir.
Además, al emigrar, muchas personas tuvieron que hacerlo ilegalmente y enfrentando graves peligros al cruzar las fronteras del país.
Con el miedo de los desastres naturales, asaltos y su propio régimen que los podía castigar al intentar salir.
El caso más reciente de indignación fue gracias a las elecciones presidenciales de 2024: hubo fraude electoral y las pruebas son irrefutables. El CNE (el organismo oficial de votación en Venezuela) no pudo publicar ninguna de las actas electorales al proclamar la victoria de Maduro.
La oposición, en cambio, recuperó más del 85% de las actas y demostró que el candidato opositor, Edmundo González Urrutia, había derrotado a Maduro por casi el doble de votos.
Como era de esperar, las protestas de 2024 se caracterizaron por arrestos, torturas e incluso un intento de secuestro hacia la líder opositora María Corina Machado, a quien se le había prohibido participar en las elecciones por temor del régimen a su amplia popularidad.
¿Cómo podemos decir que el régimen de Maduro tiene un gramo de legitimidad?
Su régimen es responsable de quizás la peor diáspora de la historia de América Latina.
Ha asesinado a miles y tal vez incluso a decenas de miles a través de medios directos e indirectos del estado y ajenos.
Pero no se trata sólo de estadísticas, se trata de las vidas de aquellos que han sido aterrorizados, asesinados y torturados bajo un régimen que dice buscar el diálogo mientras destruye a su propio pueblo.
Al final de su carrera “presidencial”, Maduro fue la cabeza de un régimen de 13 años que ha desaparecido a estudiantes, hijos e hijas.
Condenar la violación del derecho internacional y la agresión exterior nunca legitimará a un régimen autoritario.
Cuando se trata de la soberanía de las naciones y su libertad, se debe escuchar a los pueblos antes que a cualquier dogma que uno pueda tener.
Muchos de quienes se proclaman de izquierda defienden al régimen de Maduro debido a un supuesto movimiento socialista popular amenazado por fuerzas externas.
No todos, pero conozco diversos casos, desde la izquierda argentina hasta la española.
El régimen de Maduro denuncia el fascismo y defiende el socialismo, al menos en teoría; esto es irónico, pues si algún régimen puede ser señalado como fascista, es el venezolano.
Los venezolanos quieren libertad y tienen derecho a estar enojados. Pueden estar enojados con el mundo porque cuando nos necesitaron (en 2014, 2017 y 2019) los abandonamos.
Pueden estar enojados porque nos tomó un viejo nefasto y decrépito en la Casa Blanca decidió centrarse en Venezuela para su propio beneficio, mientras que ignoramos a toda dictadura.
Parece que a veces nos importan más los dogmas y la ideología que la dignidad humana.
Estamos aquí, diciéndoles a los venezolanos que sean fuertes ahora y que resistan, pero ya lo han hecho por décadas.
Los venezolanos merecen la libertad de su propio régimen, contra el que nos negamos a hacer algo antes de esto.
Los venezolanos merecen la libertad de lo que los empresarios y políticos de Washington tengan para ellos en el futuro.
Merecen dignidad, y necesitamos escuchar su voz para que no estén solos en el futuro que les espera.
