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Silencios y feminicidio

Silencios y feminicidio

Hay temas que no se nombran. El silencio los exorciza. Entonces, en el imaginario popular y gubernamental, callar se convierte es la acción más contundente para reducir o desaparecer realidades que laceran y horrorizan.

El feminicidio es el silencio admitido que grita en la realidad.

Es el asesinato de una mujer, pero por razones de género: porque es mujer en un contexto de desigualdad, discriminación y violencia estructural contra ellas.

Aunque en México el Código Penal Federal, en el artículo 325, dice que comete feminicidio quien priva de la vida a una mujer por razones de género, muchos aún las ignoran.

Para que se tipifique como feminicidio, el artículo 325 CPF establece que se considera que hay razón de género cuando concurra al menos una de estas circunstancias:

Violencia sexual, lesiones o mutilaciones degradantes, antecedentes de violencia, relación previa, amenazas o acoso, incomunicación, exposición del cuerpo o explotación o trabajo forzado.

Además, Inmujeres subraya que el feminicidio es un delito autónomo, que protege no sólo la vida, sino también dignidad, libertad y el derecho a una vida de igualdad y libre de violencia.

Las cifras comunican lo que el silencio trata de desaparecer. El punto más alto de feminicidios en la última década fue 2021, con 982 carpetas de investigación. En 2022 se registraron 963 feminicidios. Para 2025 se reportan 706, la cifra más baja de los últimos ocho años. Sin embargo, organizaciones civiles advierten subregistro y reclasificación como “homicidios dolosos de mujeres”.

Es clave distinguir entre “feminicidio” (tipo penal) y “homicidios dolosos de mujeres”: la suma de ambos da una imagen mucho más cruda de la violencia letal contra mujeres.

Duelos colectivos.

El feminicidio en México es un territorio de duelo, un mapa de cicatrices que atraviesa al país entero. Cada punto en ese mapa es una vida arrebatada, una familia quebrada, una comunidad que aprende a convivir con la ausencia. Es la memoria que no cicatriza porque la herida sigue abierta, porque la violencia no se desmonta aún, porque la justicia llega tarde o nunca aparece.

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En este delito contra las mujeres, la impunidad que ronda el 90%, se recrudece la revictimización institucional, falta de investigación con perspectiva de género, desaparición previa como antesala del feminicidio, exposición del cuerpo como mensaje de dominio, normalización mediática que convierte la tragedia en nota roja.

México carga con una genealogía de violencia contra las mujeres que se remonta a décadas: desde las jóvenes de maquila en Ciudad Juárez en los noventa, hasta las estudiantes, niñas, trabajadoras, migrantes y mujeres indígenas de hoy. La geografía cambia, pero el patrón permanece.

Es una cicatriz abierta que atraviesa generaciones y que exige ser nombrada para no repetirse.

¿Y por qué este silencio lacerante y pertinaz, por qué se cierran los ojos ante la intemperancia de desigualdad, maltrato y vejación a un género, por qué el feminicidio se normaliza y todos decidimos guardar un silencio cómplice en lugar de gritar y dejar de ocultar? Tal vez porque nombrarlo nos obliga a mirarnos.

Y eso duele.


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