Objetos del deseo
A los nuevos dioses los deseamos. No veneramos.
No son los que prometen eternidad, son los que ofrecen aceptación social, los que nos alejan de la obesidad y nos redimen de la corpulencia que el mundo convirtió en sinónimo de rechazo y estigma. No importa que fueron creados para pacientes con diabetes tipo 2. En esta época, necesitamos Ozempic, Wegovy y Mounjaro para subsistir en una sociedad que ya trazó una línea divisoria entre los gordos y los que creen que escaparon de serlo. Es una frontera moral, no médica. Una muralla que no mide glucosa, sino valor social.
Pero estos dioses no solo prometen delgadez, sino pertenencia.
En un país donde la obesidad se volvió una marca social, una barrera simbólica entre quienes “se cuidan” y quienes “se abandonan”, los nuevos fármacos operan como amuletos de pureza. Se convierten en llaves para abrir puertas que nunca debieron cerrarse: la dignidad, mirada ajena sin juicio, posibilidad de existir sin pedir disculpas por el cuerpo. Son dioses modernos porque ofrecen una salvación que no es médica, sino moral.
Y como todo dios, exigen sacrificios: dinero, dependencia, silencio ante sus efectos. También la renuncia a preguntarnos por qué la sociedad nos obliga a adorarlos.
Si. Porque en el fondo, estos dioses farmacológicos no combaten la obesidad. Sólo el temor social a ser vistos como gordos. La enfermedad se volvió secundaria. Ahora lo que importa es la narrativa moral que rodea al cuerpo.
En México, donde la gordura se interpreta como descuido, fracaso o falta de voluntad, los agonistas del GLP‑1 funcionan como pasaportes simbólicos. No curan el metabolismo, pero sí, al menos temporalmente, la mirada ajena. Y en un país donde la percepción pesa más que el cuerpo, la verdadera promesa no adelgazar, sino ser perdonados.
Por eso estos fármacos se consumen con devoción, como si fueran la última oportunidad de pertenecer a un mundo que decidió que la gordura es una falta ética y la delgadez, virtud cívica.
Paradójicamente, unos veneran a estos dioses para alcanzar la delgadez, pero otros los necesitan para vivir. Y ahí comienza la tragedia ética. Los pacientes con diabetes tipo 2 observan cómo sus medicamentos se convierten en objetos de deseo estético, en trofeos de consumo y símbolos de estatus.
El mercado decide quién merece acceso: no quien lo necesita, sino quien puede pagarlo. Entonces la salud deja de ser un derecho y se vuelve un privilegio. La ética del acceso se fractura cuando un fármaco que controla la glucosa se agota porque la sociedad lo exige para controlar la apariencia. Es un despojo silencioso y una forma elegante de violencia: quitarle a un enfermo lo que necesita para dárselo a quien teme no encajar en la foto.
En nuestra sociedad, la medicina se vuelve un lenguaje para negociar dignidad. El cuerpo deja de ser territorio propio y se convierte en un espacio público donde cada centímetro debe justificarse. En esa lógica, adelgazar es un acto de obediencia. Una forma de demostrar que uno entiende las reglas del juego y está dispuesto a cumplirlas.
Porque al final, estos dioses no solo prometen delgadez ni aceptación: prometen ser deseados. Y ese es el deseo más antiguo, vulnerable y manipulable. En una sociedad que ha convertido la delgadez en una forma de ciudadanía, los agonistas del GLP‑1 funcionan como llaves para abrir el territorio del deseo ajeno.
La pregunta ética es devastadora: ¿qué tipo de autonomía es aquella que depende de un fármaco para existir en el deseo de otros? Y más aún: ¿qué dice de nosotros que la delgadez se haya vuelto la forma más rápida de obtener afecto?
Al final, estos dioses no nos salvan: nos administran. Nos mantienen delgados, dóciles, funcionales, alineados con una estética que nunca elegimos pero que aprendimos a obedecer. Y aun así los veneramos, porque en esta época la delgadez es más valiosa que la salud, la verdad y la dignidad.
