“Nunca más la guerra”: Papa León XIV pide diálogo y responsabilidad a los gobernantes

Papa León XIV pide diálogo

En el crepúsculo del 11 de abril, la Plaza de San Pedro se convirtió en escenario de una profunda reflexión sobre la paz. Al concluir el rezo del Rosario, el papa León XIV pronunció un mensaje cargado de simbolismo y urgencia moral ante los conflictos que atraviesan el mundo.

Ante miles de fieles reunidos bajo la columnata de Bernini y muchos más que siguieron la oración desde distintos países, el Pontífice afirmó que quien reza reconoce sus propios límites y no recurre a la violencia. Por el contrario —advirtió— quien se aparta del Dios vivo termina sometido al poder de ídolos vacíos, construidos a partir de la ambición y la fuerza.

El Papa describió el momento actual como una lucha entre la oscuridad de una época marcada por guerras y decisiones que generan muerte, y la luz del Reino de Dios que rompe la cadena del mal. Pese al panorama, dejó una certeza esperanzadora: “Somos un pueblo que ya resucita”.

La oración como respuesta frente a la violencia

Tras el rezo de los Misterios Gloriosos del Rosario, acompañados por meditaciones de los Padres de la Iglesia, el Pontífice agradeció la presencia de los fieles reunidos en la plaza y de quienes se unieron espiritualmente desde distintos lugares del mundo.

En su mensaje subrayó que la oración no es una evasión de la realidad ni un refugio para evitar responsabilidades. Por el contrario, la definió como una respuesta ante el dolor y la injusticia, capaz de levantar a la humanidad incluso entre los escombros que dejan los conflictos.

“El destino no está escrito”, afirmó, señalando que ni siquiera un mundo marcado por tumbas y destrucción puede encerrar definitivamente a la humanidad en la desesperanza.

La oración como respuesta frente a la violencia

El recuerdo de los papas que clamaron contra la guerra

Durante su reflexión, León XIV recordó las palabras de otros pontífices que también alzaron la voz contra los conflictos armados.

Mencionó el llamado de Juan Pablo II durante la crisis de Irak en 2003, cuando evocó su propia experiencia durante la Segunda Guerra Mundial para insistir en que la guerra nunca puede ser el camino.

A su vez recordó el histórico llamado de Pablo VI ante la ONU: “¡Nunca más la guerra!”. También citó a Juan XXIII y su encíclica Pacem in terris, donde se afirma que todos los pueblos se benefician de la paz.

En la misma línea evocó las palabras de Pío XII: “Nada se pierde con la paz. Todo se puede perder con la guerra”.

Un llamado directo a los gobernantes

El Papa también dirigió un mensaje firme a los líderes políticos del mundo. Señaló que los gobernantes tienen responsabilidades ineludibles y los exhortó a detener la escalada de violencia.

“Es tiempo de paz”, expresó, invitándolos a sentarse en mesas de diálogo y mediación, y no en aquellas donde se planea el rearme o se toman decisiones que conducen a nuevas muertes.

Al mismo tiempo, recordó que la construcción de la paz no depende únicamente de los líderes, sino de toda la sociedad. Rechazar la guerra —dijo— implica hacerlo no solo con palabras, sino con acciones que transformen mentalidades y fomenten una cultura de encuentro.

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El Rosario como escuela de paciencia y esperanza

Durante el acto, el Pontífice oró junto a la imagen de María Reina de la Paz, trasladada días antes a la Plaza de San Pedro desde una parroquia romana. Allí reflexionó sobre el ritmo pausado del Rosario, comparándolo con el trabajo paciente de quien esculpe una roca gota a gota o teje lentamente un tapiz.

En un mundo acelerado que muchas veces no sabe hacia dónde se dirige, el Papa invitó a recuperar ese ritmo que permite cuidar la vida, sanar heridas y reconstruir la armonía.

En esa tarea recordó la necesidad de “artesanos de la paz”, expresión utilizada por su predecesor Francisco para describir a quienes trabajan con creatividad y valentía en la construcción de una convivencia pacífica.

Una familia humana que busca levantarse

El acto concluyó con un gesto simbólico: fieles de los cinco continentes encendieron velas tomando la llama de la Lámpara de la Paz de Asís, representando el compromiso universal con la reconciliación.

En su mensaje final, el Papa reiteró que la Iglesia debe seguir siendo un pueblo al servicio de la paz, incluso cuando esa postura genere incomprensión o rechazo.

“Somos una sola familia que llora, que espera y que se levanta”, afirmó. Y concluyó con un llamado que resonó en la plaza y más allá de ella: nunca más la guerra, nunca más la espiral de violencia que destruye la vida y la dignidad humana.

El Pontífice también agradeció a los fieles reunidos en la plaza por responder al llamado a la oración y aseguró que es posible construir una nueva paz, compartida por pueblos de todas las religiones, culturas y razas.


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