México ante la presión de Washington: la seguridad, la soberanía y el delicado pulso con Trump
La relación entre México y Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más sensibles en años. Lo que comenzó como un discurso reiterado del presidente estadounidense Donald Trump sobre la necesidad de “ayudar” a México a combatir a los cárteles del narcotráfico, hoy se ha transformado en una amenaza explícita de acciones militares unilaterales, en un contexto internacional marcado por el reciente ataque de Estados Unidos en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro.
Hasta ahora, la presidenta Claudia Sheinbaum había logrado sostener un discurso de confianza en la solidez de la relación bilateral, apoyándose en los profundos vínculos comerciales y en el fortalecimiento de la cooperación en materia de seguridad. Sin embargo, el nuevo escenario regional ha encendido las alarmas en Palacio Nacional y obligado a replantear la estrategia diplomática frente a Washington.
La advertencia más directa llegó tras una entrevista de Trump en Fox News, donde afirmó que Estados Unidos comenzaría a “golpear por tierra” a los cárteles, señalando de forma explícita a los que operan en México. Para funcionarios del gobierno mexicano, el mensaje marcó un punto de inflexión: lo que durante meses se interpretó como retórica intimidatoria empezó a percibirse como una posibilidad real.
De acuerdo con altos funcionarios que hablaron bajo anonimato, el ataque en Venezuela fue el detonante que hizo caer la idea de que México estaba protegido por su peso económico y su cooperación en seguridad. La detención de Maduro y la narrativa estadounidense sobre el narcoterrorismo evidenciaron, desde su perspectiva, que Washington estaba dispuesto a cruzar líneas que antes parecían impensables.
En este contexto, Sheinbaum enfrenta un ejercicio de equilibrio político y diplomático. Por un lado, ha reiterado el rechazo de México a cualquier intervención militar extranjera, en apego a la doctrina histórica de no intervención y al derecho internacional. Por otro, ha evitado un tono confrontacional que pudiera escalar el conflicto con la Casa Blanca.
Ese delicado balance se tensó cuando, horas después del ataque en Venezuela, la presidenta citó en redes sociales un pasaje de la Carta de la ONU que prohíbe el uso de la fuerza contra la soberanía de otros países. La respuesta de la Casa Blanca fue inmediata y simbólica: un video en el que Trump afirmaba que Sheinbaum era “una buena mujer”, pero que “los cárteles dirigen México”. Para el círculo cercano de la mandataria, el mensaje dejó claro que cada palabra sería observada y utilizada políticamente.
Ante ello, Sheinbaum ordenó al secretario de Relaciones Exteriores iniciar contacto directo con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, como parte de una estrategia para contener la tensión. Al mismo tiempo, la presidenta reconoció públicamente que las decisiones de Washington —como catalogar al fentanilo como arma de destrucción masiva y a los cárteles como organizaciones terroristas— podrían ofrecer al gobierno de Trump argumentos adicionales para justificar una intervención.
México ante la presión de Washington: la seguridad, la soberanía y el delicado pulso con Trump
La preocupación en el gabinete no es solo política, sino también económica. Funcionarios advierten que una escalada retórica o un conflicto abierto podría impactar las negociaciones arancelarias en curso y la próxima revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), programada para este verano. En el último año, Trump ha utilizado la migración y el tráfico de fentanilo como justificación para amenazar con aranceles, lo que coloca a México en una posición particularmente vulnerable.
Otro elemento que inquieta al gobierno mexicano es la acusación formal contra Nicolás Maduro en Estados Unidos, en la que México es mencionado en múltiples ocasiones. Los fiscales estadounidenses sostienen que el mandatario venezolano colaboró con organizaciones criminales, incluido el Cártel de Sinaloa, para traficar cocaína hacia territorio estadounidense. Sheinbaum ha mostrado especial sensibilidad ante cualquier intento de vincular a México con el caso venezolano y ha reaccionado con dureza cuando esos señalamientos han sido destacados en medios nacionales.
Para medir el riesgo real, el equipo presidencial ha monitoreado de manera sistemática las menciones de México en medios estadounidenses, comparándolas con las de otros países bajo la lupa de Trump. Aunque las referencias a México aumentaron tras el ataque en Venezuela, en días recientes disminuyeron, desplazadas por otros temas internacionales, lo que fue recibido con cauteloso alivio en el gobierno.
Pese al frente público de unidad, al interior del gabinete existen desacuerdos sobre la intensidad y la frecuencia con la que México debe condenar las acciones de Estados Unidos en Venezuela. Algunos funcionarios temen que una postura demasiado visible termine debilitando la posición mexicana en otros frentes estratégicos.
Mientras tanto, el gobierno de Sheinbaum ha buscado enviar señales claras de cooperación en seguridad: reforzó la vigilancia fronteriza, intensificó los operativos contra cárteles, decomisó grandes cantidades de drogas, desmanteló laboratorios clandestinos y entregó a Estados Unidos a decenas de traficantes de alto perfil. Además, amplió el intercambio de inteligencia y se alineó con Washington en medidas comerciales, como la imposición de aranceles a importaciones de ciertos países.
Aun así, la presión no cede. Analistas como Jesús Silva-Herzog advierten que la presidenta está “acorralada por todos los frentes”: debe defender la soberanía nacional, contener a su base política interna y evitar un choque con el principal socio comercial del país.
En este escenario, el mensaje central de México hacia Washington busca ser claro: cooperación sí, intervención no. Pero con un Trump dispuesto a utilizar la seguridad como herramienta de presión política y económica, el margen de maniobra del gobierno mexicano se reduce, y cada decisión —y cada palabra— adquiere un peso estratégico inédito.
