Los sabores como brújula emocional
Las preferencias alimentarias rara vez son caprichos. Representan memoria que devuelve a un territorio seguro, una voz, cocina o infancia. Actúan como regulación emocional y se emplea lo dulce para calmar, lo salado para anclar, lo ácido para despertar, lo picante para sentir vitalidad.
Cada alimento refleja una identidad: lo que elegimos comer y lo que rehusamos es una declaración silenciosa de la persona que somos y los límites que trazamos.
En personas altamente sensibles, los sabores funcionan como un lenguaje de intensidad: cada textura y cada temperatura es un mensaje.
Asi, cada elemento fisiológico que se mezcla con lo simbólico. Así aparecen algunos patrones genéricos y los antojos de carbohidratos suelen relacionarse con búsqueda de energía rápida. También pueden aparecer en momentos de cansancio emocional o necesidad de consuelo.
El rechazo a la carne puede tener causas físicas pero también éticas, simbólicas o incluso de protección: “no quiero incorporar violencia”, “no quiero cargar densidad”.
La preferencia por lo crujiente a veces expresa necesidad de liberar tensión o el deseo de sentir límites claros, algo que “rompa” el silencio interno.
La búsqueda de lo caliente conecta con la necesidad de contención. Es una forma de “ser sostenido” sin pedirlo explícitamente.
En la elección de comida aparecen fenómenos que tienen componentes médicos, pero también emocionales y sociales.
Aunque la anemia físicamente representa la falta de hierro o vitaminas, emocionalmente: aparece en narrativas de agotamiento, entrega excesiva, desgaste silencioso. Simbólicamente dice: “me falta fuerza”. Hay quienes lo experimentamos como una decepción profunda, un “me estoy quedando sin fuego”.
La gordura, en cambio, actúa como protección. A veces representa un escudo frente a miradas invasivas, una forma de ocupar espacio sin ser tocado. Conforma una barrera entre el yo íntimo y el mundo o una respuesta del cuerpo al estrés crónico.
La anorexia y bulimia, por su parte, comparten algo profundo: Son intentos de recuperar control cuando la vida se siente caótica. Son lenguajes del límite: “quiero desaparecer”, “quiero expulsar lo que me duele”.
Representan rituales extremos para gestionar emociones insoportables. No son elecciones, sino respuestas complejas que requieren acompañamiento profesional y humano.
Comer no es solo ingerir. Es un pacto con el cuerpo, el diálogo con la historia familiar, la forma de pertenecer o de diferenciarse. Una negociación pragmática entre deseo, necesidad y significado.
Cuando alguien cambia su forma de comer, casi siempre modifica algo más profundo.
Lo que cada uno busca, evita, lo que nos calma e irrita, refleja nuestra propia cosmogonía y el mapa inescrutable de lo que somos.
