Las investigaciones periodísticas frente el poder público corrupto. La pérdida de valor de los trabajos de indagación ante una sociedad medrosa e indiferente.
La intolerancia a la crítica, propia del autoritarismo, ha marcado la historia de nuestro país desde el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz hasta la administración de Claudia Sheinbaum Pardo. El cinismo, la ofensa, el insulto, la mentira y la negación de sus actos deshonestos han sido su sello. Negar la realidad ha sido en su particular forma de gobierno y atacar a los periodistas y descalificarlos ha sido una forma de evadir sus responsabilidades.
A mediados de los sesenta, un gran alboroto sacudió al país, por la publicación de un libro sobre la pobreza urbana en la ciudad de México: Los hijos de Sánchez. Autobiografía de una familia mexicana. Se trataba de la segunda edición de un texto cuya primera tirada se había agotado rápidamente. En medio de la autocomplacencia sobre el supuesto progreso del país durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, la obra cayó como una tormenta. México se preparaba para ser la sede de los Juegos Olímpicos de 1968, y esta distinción era presentada por presuntos logros obtenidos por llamado “desarrollo estabilizador”, que presumía a nivel mundial avances en su desarrollo económico y en los temas sociales.
Pero Oscar Lewin con ese libro y la “Antología de la Pobreza” que son un hito en el análisis de la pobreza en el país, que vino a romper la mirada edulcorada que se tenía sobre el denominado “milagro mexicano” de mediados de la década de 1960. Los intentos por acallarla terminaron cuando la Procuraduría General de la República negó que allí hubiese delitos de difamación, perturbación de la paz o ataque a la soberanía.
A pesar de los esfuerzos de Gustavo Díaz Ordaz por meter a la cárcel a Oscar Lewis –cosa que no logró—este siguió su particular pleito, cuando Luís Cataño Marlet, quien era un abogado cercano al régimen, encabezó el ataque contra el autor y el editor, en una conferencia a la que asistió el propio presidente de la República. Fue el inicio de un escándalo que provocó la dimisión de quien autorizó la impresión del libro el argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien fue considerado como un “extranjero comunista”. El 7 de noviembre de 1965, Orfila fue llamado por Jesús Rodríguez y Rodríguez, quien era el subsecretario de Hacienda y su jefe. En calidad de “miembro propietario” de la Junta de Gobierno de la editorial, allí le solicitó el cargo, aparentemente por su condición de extranjero. Al día siguiente Rodríguez y Rodríguez llegó al Fondo acompañado por Salvador Azuela, el nuevo director.
Luis Echeverría Álvarez, responsable de las matanzas del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971, también fue responsable del golpe a Excélsior para derrocar de la dirección general de esa cooperativa a Julio Scherer García. Cuando los reporteros le preguntaron que había ocurrido en esa empresa: Cínico y mordaz respondió: “si quieren saber lo que pasó en Excélsior pregunten en Reforma 18”.
Antes del golpe, había convencido a los empresarios que retiraran la publicidad comercial del periódico y ordenó que en la radio y televisión se emprendieran campañas en contra de esa misma publicación, además de que estuvo atrás de la invasión de los terrenos de Paseos de Taxqueña, que la cooperativa había comprado a unos ejidatarios para la construcción de viviendas de los propios trabajadores.
Algo similar pasó con José López Portillo quien, por cierto, era primo de Julio Scherer García y molesto por los artículos y reportajes que cada semana aparecían en el semanario “Proceso”, envió a su vocero Francisco Galindo Ochoa para retirar toda la publicidad con aquella frase de “No te pago para que me pegues”, como que la publicidad gubernamental era moneda de cambio frente el poder público y la prensa se hiciera de la vista gorda ante las corruptelas. Por cierto, un hijo de Galindo Ochoa era un agente del Ministerio Público Federal, no tenía prestigio y era de muy dudosa reputación.
Con Salinas de Gortari vino al acabose. Hizo lo que se le pegó la gana. Persiguió a sus críticos, los desterró y fue el rey de la corrupción. Lo que le permitió a su hermano Raúl fue inaudito, similar a lo que Andrés Manuel López Obrador les dejó hacer a sus hijos o Vicente Fox Quesada les permitió a los hijos “de doña Martha”, es suficiente para expropiarles todas sus propiedades, así como sus cuentas bancarios y demás inversiones y alcanzarían para entregarle un presupuesto al IMSS durante un sexenio o más.
Con Peña Nieto vino al caso de la “Casa Blanca”, con Vicente Fox, el “toallagate”, con López Obrador “La Estafa Maestra” y Sagarmex, con Felipe Calderón estuvo al corrupto Genaro García Luna y ahora con Claudia Sheinbaum Pardo, toda crítica de los medios de información los niega. Casos sobran, La ex funcionaria de la Secretaría de Hacienda que se asoleaba en Palacio Nacional; el derrame petrolero en el Golfo de México ocasionado por Pemex o el informe sobre los desaparecidos y las fosas clandestinas de la ONU.
Estos gobiernos nunca han sido autocríticos y eso típico del autoritarismo., lejos de la democracia. Y la prensa, por muy vapuleada y devaluada que esté, sigue haciendo su trabajo en condiciones adversas y ante una sociedad medrosa e indiferente. Carajo.
