Las dos muertes

En México la muerte es dual. Una representa ascenso al cielo, cierre virtuoso de un ciclo y dignidad. La otra muerte, a la que están condenados 7 de cada 10 enfermos terminales del país, está envuelta en dolor, silencio y miedo.

La muerte es inevitable, pero el dolor no lo es. Es una decisión de las políticas públicas en México. Desigualdad sobre quienes reciben cuidados paliativos. No hablamos de “resignación” ante lo inevitable, sino de algo más profundo: el derecho a un acompañamiento médico y emocional que alivie el sufrimiento físico, emocional y espiritual. Hablamos de dignidad.

Morir con dolor no es un destino biológico: es una omisión institucional. Es el resultado de un sistema de salud que teme más a los opioides que al sufrimiento humano, que regula la morfina como si fuera un enemigo y no una herramienta para aliviar la agonía.

En México, el dolor llega porque el Estado lo permite, normaliza y tolera.

La desigualdad, entonces, también se expresa en el final de la vida. Quien puede pagar cuidados paliativos privados muere acompañado, sedado, sostenido. Pero la mayoría está condenada a una muere con dolor y miedo. Se va de este mundo sin que nadie le explique que el sufrimiento no es obligatorio.

La violencia simbólica se vuelve más cruel cuando ocurre en silencio. No hay marchas por quienes mueren con sufrimiento. No hay protestas por los cuerpos que se retuercen en camas sin analgésicos. No hay titulares que denuncien que el Estado falla en un deber más elemental: proteger la dignidad humana, incluso cuando la vida se extingue.

La muerte no escandaliza. El dolor tampoco. Y esa indiferencia es, en sí misma, una forma de violencia.

Los cuidados paliativos no son un lujo ni una concesión: son un derecho humano. Son la afirmación de que la vida merece respeto hasta el último aliento. Son la certeza de que el sufrimiento no es pedagógico, moral ni inevitable. Son la forma más elemental de compasión institucional.

México necesita una política pública que entienda que la dignidad no termina cuando la vida se extingue. Debe entender que el dolor no es un castigo y la agonía no es un trámite.

Acompañar a alguien en su final es un acto de ética pública, de responsabilidad social y de humanidad.

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México debería brindar calidad de vida, autonomía, identidad y credos. Porque un país se reconoce no por cómo celebra la vida, sino por cómo acompaña la muerte. Y mientras existan dos muertes, una digna y otra envuelta en dolor, el país México fallará en su deber más elemental: honrar la humanidad de quienes se van.

La verdadera justicia empieza cuando garantizamos que nadie se despida del mundo con sufrimiento.

 


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