La historia que todos rehúyen
La historia de cómo el dolor se volvió método, paisaje e incluso identidad no es solo un descenso a la violencia. Es el relato de cómo el poder administró cuerpos considerados “prescindibles” durante siglos. Es la genealogía de la crueldad, esa que casi nadie quiere narrar.
Desde la Conquista y la colonia, la otredad fue mirada como cosa. Surgió la deshumanización jurídica y teológica. Al indígena se le nombró “idólatra”, “inferior”, “alma a corregir”. La violencia no fue únicamente militar: se vistió de castigo pedagógico, de escarmiento ejemplar, de supuesta salvación.
Con la esclavitud, la encomienda y el sistema de castas, la crueldad se institucionalizó en un orden legal que asumía que unas vidas valían menos que otras. La Inquisición perfeccionó el suplicio público como espectáculo moralizador. Allí se fijó la matriz: hay vidas sacrificables en nombre del orden, de Dios o de la civilización.
La Independencia no fue solo gesta heroica. Fue también violencia colectiva desbordada: matanzas, venganzas, linchamientos. Se consolidó una lógica: la crueldad como herramienta política. El enemigo interno —gachupín, insurgente, traidor— se volvió figura sacrificable. La nación nació con una relación ambigua con la violencia: la condena y la glorifica.
En el siglo XIX y el Porfiriato, el progreso se impuso sobre cuerpos descartables. Campañas militares contra pueblos indígenas, despojo de tierras, levas forzadas. La “paz porfiriana” se sostuvo en represión, cárceles, trabajos forzados y fusilamientos. La crueldad se volvió administración técnica del conflicto: se castigaba para garantizar inversión, ferrocarriles y modernidad.
La Revolución, mito fundacional, fue también guerra civil prolongada: fusilamientos masivos, saqueos, violaciones, desplazamientos. La crueldad se normalizó como costo de la transformación. Después, el Estado posrevolucionario convirtió esa violencia en relato heroico y borró a muchas víctimas. Se instaló una idea peligrosa: por un bien mayor puede tolerarse casi cualquier crueldad.
En el siglo XX, el Estado perfeccionó la crueldad como dispositivo de control: desapariciones forzadas, tortura, ejecuciones extrajudiciales contra disidencias. La crueldad se volvió secreta, negada, archivada. La desaparición es su forma extrema: sin cuerpo, sin duelo, sin verdad.
Con el neoliberalismo y el crimen organizado, surgieron nuevas vidas desechables. La “guerra contra el narco” convirtió la crueldad en espectáculo: cuerpos colgados, mensajes, videos. Es una economía del miedo que disciplina territorios. También opera la crueldad institucional por omisión: fosas, desplazamientos, investigaciones que no avanzan.
Hoy, la crueldad de género marca el cuerpo de las mujeres como campo de batalla. Desde la colonia hasta el presente, la violencia feminicida ha sido constante. El mensaje es claro: “tu vida vale menos”. Es una crueldad pedagógica: enseña, mediante el terror, cuál es el lugar permitido.
En el presente, la crueldad no siempre es el golpe o el balazo. Está en la denuncia que nadie toma, la carpeta que no avanza, el cuerpo que no se identifica, el refugio que no se financia. Está en los diez mil perros asesinados “por control”, en la joven que muere buscando trabajo y se vuelve nota de un día. Es la crueldad ejercida desde el escritorio, con sellos y firmas.
Si miramos estos siglos como una sola línea, aparece un patrón: la crueldad en México se ejerce, una y otra vez, sobre quienes el sistema define como prescindibles.
Ayer: indígenas, esclavos, “herejes”, campesinos, disidentes.
Hoy: mujeres, jóvenes pobres, migrantes, animales, personas en calle, defensores, periodistas.
La crueldad no es pasado: es un sistema. Y todo sistema se derrumba cuando deja de ser tolerado.
