Entrañas del fraude

El fraude es un delito contra la esperanza.

El ladrón común arrebata algo que posees. El defraudador roba algo que imaginas. Por eso duele de una forma distinta.

Cuando alguien promete el 95% de una Afore, una inversión milagrosa, un amor perfecto o una oportunidad irrepetible, no vende un producto. Ofrece una solución a una necesidad profunda y el dinero es simplemente el vehículo.

Muchas veces no se envía dinero por ingenuidad sino por una necesidad insospechada de amor y validación. Por ejemplo, el fraude romántico no seduce a las personas mediante la lógica sino por la esperanza.

Los grandes fraudes no suelen construirse alrededor de la codicia sino de una carencia de amor, seguridad, reconocimiento, estabilidad económica o pertenencia.

El estafador detecta esa necesidad y se presenta como remedio.

El amor en los fraudes sentimentales, la tranquilidad económica en los financieros, salud en las pseudoterapias y pertenencia en las sectas. El reconocimiento en ciertos esquemas piramidales.

El fraude no falsifica la realidad, sino el futuro. Le ofrece a la víctima una versión idealizada de lo que podría llegar a ser. Por eso el daño permanece incluso después de recuperar el dinero, cuando eso ocurre. Lo que se rompe es la confianza en la propia capacidad de juzgar.

El fraude más doloroso no roba dinero, sino una promesa. Se apropia de esa versión del futuro que anhelábamos y la utiliza como anzuelo. Por eso cada estafa contiene una tragedia íntima: no sólo perdemos lo que entregamos, sino aquello que esperábamos encontrar.

 

 

 

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El defraudador sabe reconocer la soledad, el duelo, la necesidad de pertenencia, el miedo a la pobreza o reconocer el deseo de ser vistos. Y ahí construyen sus promesas.

El antídoto contra el fraude, entonces, no es la desconfianza. Eso sólo nos conduciría al cinismo. Sólo se bloquea el fraude con la lucidez que aparece tras un momento de reflexión.

 

 


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