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El Papa llama a una Cuaresma contracorriente: reconocer el pecado propio en un mundo “reducido a cenizas”

El Papa llama a una Cuaresma contracorriente: reconocer el pecado propio en un mundo “reducido a cenizas”

En una homilía marcada por el realismo espiritual y la preocupación por los conflictos y crisis globales, el convocó a los fieles a vivir la Cuaresma como un tiempo de conversión “personal y pública”, en el que la Iglesia asuma con valentía sus propios pecados y dé testimonio creíble en medio de un mundo herido.

Al retomar al profeta Joel —“Convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños” (Jl 2,16)—, el Pontífice subrayó que la llamada a la conversión no excluye a nadie, ni siquiera a los más frágiles. Por el contrario, la comunidad cristiana se construye cuando todos, incluidos esposos, sacerdotes y niños, se reconocen parte de un mismo pueblo que necesita reconciliación.

Una Iglesia que admite sus errores

Francisco planteó que la Cuaresma representa hoy una actitud “contracorriente”, en una época donde resulta más fácil culpar a enemigos externos que admitir responsabilidades propias. “El mal no proviene de supuestos enemigos; ha entrado en los corazones”, advirtió, al señalar que el pecado, aunque personal, también se manifiesta en “estructuras” de orden económico, cultural, político e incluso religioso.

En ese sentido, sostuvo que la Iglesia tiene una dimensión profética cuando reconoce sus fallas y se atreve a cambiar de rumbo. “Qué raro es encontrar adultos, instituciones o empresas que admitan haber cometido un error”, reflexionó, al insistir en que la conversión no es un gesto intimista, sino una transformación con impacto comunitario y social.

Jóvenes y sed de autenticidad

El Papa destacó que muchos jóvenes, incluso en contextos secularizados, perciben con mayor claridad la necesidad de una vida más justa y coherente. Para ellos —dijo— el Miércoles de Ceniza no es un rito vacío, sino un signo que interpela las contradicciones de la Iglesia y del mundo.

Al citar la Segunda Carta a los Corintios —“Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación” (2 Co 6,2)—, Francisco llamó a abrir la experiencia cuaresmal a quienes buscan una renovación auténtica, más allá de formalismos religiosos.

La pedagogía de las cenizas

El Pontífice evocó las palabras de , quien tras el describió el rito de la ceniza como una “ceremonia penitencial tan severa e impresionante”. Para el entonces Papa Montini, esta pedagogía resultaba actual porque confronta dos rasgos del hombre moderno: su capacidad de autoengaño y el pesimismo que proclama la vanidad de todo.

Francisco retomó esa intuición y la actualizó con imágenes contundentes: las cenizas de ciudades destruidas por la guerra, del derecho internacional debilitado, de ecosistemas devastados y del pensamiento crítico erosionado. En ese contexto, la pregunta bíblica —“¿Dónde está su Dios?”— se convierte en un desafío directo a la credibilidad cristiana.

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Del polvo a la reconstrucción

Lejos de un mensaje derrotista, el Papa sostuvo que reconocer el pecado es ya un signo de resurrección. “No quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir”, afirmó, al vincular el camino cuaresmal con el Triduo Pascual, que celebra el paso de la muerte a la vida.

También recordó la tradición romana de las stationes cuaresmales, peregrinaciones a las basílicas construidas sobre las tumbas de mártires, como símbolo de una fe que avanza entre memoria y esperanza. Esos testigos antiguos y contemporáneos —dijo— son semillas que, aun enterradas, preparan cosechas abundantes.

En la recta final de su homilía, Francisco exhortó a vivir la Cuaresma sin buscar protagonismo externo —como advierte el Evangelio de Mateo—, sino cultivando en lo secreto el ayuno, la oración y la caridad.

“Reorientemos todo nuestro ser hacia el Dios de la vida”, concluyó, planteando que la verdadera renovación comienza en el corazón, pero está llamada a irradiarse como signo de esperanza en un mundo que, aunque cubierto de cenizas, no ha perdido la posibilidad de renacer.


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