De finitud, tiempo y futbol.

La eliminación de México en el mundial dejó una desazón que no pertenece al futbol. Es la misma que se siente cuando termina una fiesta: un silencio que revela que el tiempo avanza mientras nosotros celebrábamos.

En este mundial se despiden jugadores legendarios, generaciones completas, mitologías que acompañaron a millones. Y en ese gesto deportivo se filtra una verdad más honda: somos una sociedad obsesionada con la juventud porque es el territorio donde el tiempo todavía no dicta sentencia.

La juventud es el reino del “todavía”: se puede, aún falta, es posible un camino. Por eso se celebra con tanto fervor. No es virtud, es fugacidad. La juventud es un préstamo breve que se paga con la conciencia del “nunca más”. Nunca más seremos tan jóvenes o protagonistas de una época que ya se cerró. Ese “nunca más” se vuelve recurrente. Funciona como tautología amarga: nunca más.

En México, donde la fiesta es un mecanismo de supervivencia, el final de un mundial funciona como espejo. Nos recuerda que cada cierre es también un recordatorio de que el tiempo no negocia. Y en ese recordatorio se arraiga otra herida: el edadismo, esa ficción cultural que convierte la vejez en sentencia y no en territorio.

La sociedad clausura puertas como si el tiempo fuera un juez implacable y no un proceso natural. Se castiga la edad como culpa, se oculta como vergüenza y se teme como fracaso.

Pero el tiempo no es enemigo. Es símbolo.

El tiempo es la única fuerza que nos obliga a reinventarnos. Es el que depura, revela y desnuda lo esencial. La juventud tiene brillo, sí, pero la vejez tiene lucidez. Y eso representa un poder que ninguna sociedad debería despreciar.

El mundial termina, los jugadores se despiden, las generaciones se cierran. Pero lo que realmente concluye es una versión de nosotros mismos.

Y eso, lejos de ser tragedia, puede ser un acto de conciencia. Porque cada “nunca más” abre la posibilidad de un “todavía” de narrarnos distinto, desafiar el edadismo y construir una cultura donde el tiempo no sea castigo sino profundidad.

La fiesta terminó. El mundial para nosotros también.

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Lo que queda ahora es mirar el tiempo. No como pérdida, sino como símbolo: la única fuerza que, al avanzar, nos obliga a ser más verdaderos.

La verdad —la propia, la íntima— es una forma de estar en el mundo, Es dejar de vivir en guerra con uno mismo y dejar de sostener ficciones de juventud eterna, fuerza inagotable, de que nada cambia o que el tiempo no toca.

Ser más verdaderos sirve para que el tiempo deje de ser enemigo y nos permite mirar el “nunca más” sin miedo, porque también revela el “todavía”.

Ser más verdaderos sirve para que la vida no se vuelva ajena. Nos permite habitar nuestra voz, ritmo, edad e historia. La verdad es pertenencia. También estructura y la única forma de belleza que no envejece.

Ser más verdaderos sirve para vivir sin traicionarse, para que el tiempo no nos humille y que la historia que contamos sea nuestra. Ser más verdaderos sirve para vivir con dignidad interior. La única que nadie puede quitarnos.


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