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A LA MEMORIA DE JUAN CARLOS (+)

A LA MEMORIA DE JUAN CARLOS (+)

Traiciones que vienen

La muerte siempre nos toma desprevenidos. Ataca cuando menos lo espera uno. El escritor Carlos Fuentes, la maldijo cuando perdió a un hijo: “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”.

Hacia menos de un mes habíamos perdido y visto partir a la jefa de la casa, Matilde Diez Francos. Nos pegó durísimo, su inesperada muerte desequilibró nuestras vidas. Una agonía hospitalaria de 16 días y unos 9 días de rezos, nos habían cambiado la vida.

Del bien y la comodidad y alegría, pasamos al luto y dolor eterno. Cercanos a nosotros, solo nuestros padres y una hermana de mi mujer habían fallecido. Maty aún tenía más años de vida, llegó al hospital a visita rutinaria, que se convirtió en emergencia, y ya no salió con vida. Solo Dios sabe.

Lo sentimos en el alma y nos dolió muchísimo.

Unos días después, otra muerte inesperada tocó a nuestras puertas, de nuestro querido hijo, Juan Carlos quien, a sus 54 años dejaba esta vida. Un infarto fulminante se lo llevó mientras dormía, sin sufrimiento, sin dolor en el rostro, ni rictus alguno.

Eso terminó de jodernos la vida.

Nada hay como sepultar a un hijo. Nada.

Desequilibró nuestras vidas y la de sus hermanas y sobrinos y primos y toda la familia, que lo amaba mucho, porque había sido una gente de bien, alegre y dicharachero, que siempre hacia sonreír y su compañía era agradable.

Al pie de su cama, inerte y rígido, llegué a abrazarlo y llorarle en su pecho, como se le llora a un hijo.

Un día antes convivimos y vimos el juego del Real Madrid con unas tortas. Todo iba bien, pero la mañana del otro día murió en santa paz. Solo Dios sabe.

Nuestro mundo se puso de cabeza. Somos y éramos una familia que la muerte nos separó de dos seres amados, la Madre y el Hijo, que ahora se iban a los brazos de Jesús. Junto a Dios. Junto a la luz que debe brillar para ellos.

Lo velamos en su casa, en ese sitio donde vivió en su soledad pero con la alegría de llevarse con todos sus vecinos, para quienes siempre tenía una palabra alegre. Junto a Lulú y quienes le visitábamos, nos hacíamos felices ese rato.

Cuando la carroza funeraria vino por él, me trepé a esa camioneta, haría el viaje junto al padre que lo amó con todo el amor de un padre. Lo dejé y retorné por él para llevarlo a misa con el padre Román, a la Capilla Juan Pablo Segundo.

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El padre habló de la incomprensión cuando uno duda del porqué Dios se lo lleva aun teniendo vida por delante. Solo Dios sabe.

Con sus hermanas: Marymar, Belén y Ximena, y la familia que lo quiso mucho, depositamos allí mismo sus cenizas, en un nicho de esa Capilla, junto a una que está reservada para que, cuando Dios diga, me lleve su lado y ahí reposar juntos, cuidándonos y cuidando a los que queden vivos.

Nunca un padre debe sepultar a un hijo. Cuando eso ocurre, la vida ya no suele ser igual.

Descansa en paz, querido Juan Carlos. Seguro nos encontraremos algún tiempo de nuevo.

Mientras, le darás alegría a tu madre, cómo eras en vida.

Los dos serán muy extrañados y amados.


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