Enfermedad, la discriminación inadvertida

Existe una segregación que no admitimos: el rechazo silencioso a la enfermedad.

En sociedades altamente banales y consumistas como la nuestra, donde la productividad prevalece sobre otros valores como el respeto y la empatía, tendemos a despreciar, abierta o sigilosamente, a quien padece una enfermedad.

Esa aversión habla del un temor ancestral muy arraigado: la propia vulnerabilidad. El otro, el enfermo, es un espejo que nos rehusamos a ver.

Aquí aparece una paradoja humana: cuanto más vulnerables nos sentimos, más necesitaríamos empatía… pero a menudo somos menos capaces de ofrecerla.

Ahora, la sensación de vulnerabilidad aumenta cuando percibimos que perdemos control, certidumbre o seguridad. Entre los factores más frecuentes aparecen la enfermedad o el dolor físico, incertidumbre sobre el futuro, pérdidas afectivas, inestabilidad económica, envejecimiento, cambios bruscos de vida. exposición al fracaso o al rechazo y la conciencia de la propia mortalidad.

Esa vulnerabilidad puede conducir a dos caminos opuestos.

Algunas personas, después de sufrir, desarrollan más compasión. Comprenden mejor el dolor ajeno porque ya atravesaron el suyo. Otras reaccionan defensivamente. Y aquí aparecen los factores que obstaculizan la empatía.

El primero es el miedo. Cuando estamos asustados, la atención se concentra en nuestra supervivencia. El otro deja de ser una persona completa y se convierte en una amenaza, una carga o un recordatorio incómodo. El enfermo nos recuerda nuestra propia fragilidad.

Otros factores que impiden la compasión, no la lástima, son la necesidad de sentir control porque hay personas que necesitan convencerse de que el sufrimiento siempre tiene una explicación sencilla. Se asume erróneamente que el otro es culpable de su desgracia para que el juzgador se sienta seguto.

Hay otras razones de la aversión al enfermo: culto a la productividad, saturación emocional, banalización del dolor, narcisismo y el egocentrismo y negación de la propia vulnerabilidad

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Y aquí llegamos a una verdad que nos atraviesa a todos: Cuanto más rechaza alguien su propia fragilidad, más difícil le resulta tolerarla en los demás.

 

Por ello aparecen oraciones simples que nos permiten habitar nuestros fantasmas: “Yo estoy en la mente, las manos y el corazón de Dios. Pero también Dios está en mi mente, manos y corazón”

En el fondo, esa idea reduce la vulnerabilidad tóxica porque no niega la fragilidad; la integra. La persona que acepta que puede enfermar, equivocarse, sufrir o depender de otros suele ser más compasiva. Ya no necesita defenderse constantemente de su condición humana.

 


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