Sin visas no hay paraíso
Como un regreso a los tiempos de las cavernas, la derecha crea sus mitos y los convierte en realidad y utiliza fetiches que evalúan sus conductas semisalvajes y la convierte en hábitos. El miedo a lo que no entienden regresa a posesionarse de sus mentes y cobran vida los fantasmas del pasado a pesar de la evolución de la especie.
Comunistas, extraterrestres, terroristas, negros, narcotraficantes, árabes, conforman una cosmogonía de los malos ante la indefensión de quienes ven todavía en el fuego un dios y en la lluvia un motivo para venerar.
Uno de los fetiches que ocupa el lugar del amuleto en estos días es la visa para Estados Unidos, quien cuenta con ella es como si tuviera pasaporte al paraíso, y su derecho a vivir eternamente en él. Es decir, sin visas no hay paraíso. Para la derecha no tener visa o arrebatarla intempestivamente coloca a su dueño, entre el limbo y en las proximidades del infierno, según la visión del santo oficio en Nombre de Donald El Inquisidor.
La derecha considera que todo aquel que no tiene visa para visitar Estados Unidos camina hacia la cárcel. La visa se eleva a grado de título nobiliario, o cédula de exclusividad entre seres superiores. Nadie bien nacido puede carecer de visa para visitar al vecino. Nadie se ha muerto por no visitar Estados Unidos.
Los fetiches no pueden vivir sin mitos, en una reverencia donde el minotauro de Creta se queda convertido en hormiga, comparado con el miedo que le obliga al imperio a temblar de miedo.
Para el Inquisidor uno de los delincuentes más feroces, es el gobernador de Sinaloa, Rocha Moya, quien aseguran es más malo que la carne de puerco. En realidad, es un delincuente menor comparados con otros que forman parte del gabinete de El Inquisidor, o del PAN o de somos MX. Pasó de ser un gobernador a un mito que debe ser castigado por los rumores que la oposición mexicana llevó a Estados Unidos, y su gobierno seleccionó como el mejor pretexto de presionar políticamente a México.
La maldad de Rocha Moya no empieza en su conducta sino en las acusaciones de una derecha que necesita enemigos de exportación, datos sin pruebas, acusaciones sin evidencias, para tener herramientas suficientes para afirmar que se trata de un delincuente. Puede serlo, es más puede ser más malo de lo que Trump y Jorge Romero afirman, pero no deja de ser muy menor como para ocuparse de su vida, conducta, trayectoria, culpabilidad, infracción ante un proyecto de nación o una sociedad comercial.
A Trump no sólo le fallan algunas facultades mentales sino la puntería, está apunto de liberar a Nicolás maduro, por falta de pruebas y si así condenó al presidente de Venezuela, esa mis a ligereza puede afectar su credibilidad.
Rocha Moya y ningún sospechoso puede convertirse en un conflicto estructural para ningún país. No es un conflicto es un delincuente, que ,e caso de serlo, debe ser sancionado, pero no se convierte en parte de una negociación o en condición para seguir trabajando juntos. Eso sucede sólo en los intereses de Estados Unidos y la imaginación de la derecha mexicana.
Los medios que impulsa la derecha en ambos lados de la frontera, lo han convertido en el enemigo número uno de la Humanidad, perdiendo toda proporción y su supuesto peligro ha llegado a convertirse en el insumo de conservadores quienes aseguran que si no se entrega a una Justicia extranjera pueden derrocar a la Presidenta. La desproporción es exagerada pero no tanto como el hecho de que haya quienes consideren este desequilibrio de fuerzas como real.
El mecanismo es fácil de conocer, en México la oposición escoge los mitos y desarrolla la necesidad de fetiches, se elabora un plan de propaganda del otro lado de la frontera para magnificar vida y obra de los mitos y alimentar los fetiches como objetos indispensables. El resultado es lo mismo que en una película de Hollywood, los buenos contra los malos.
El espectáculo es sólo para ingenuos.