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El gobernador fantasma

El gobernador fantasma

Rubén Rocha Moya se convirtió en el primer gobernador de Morena que desaparece políticamente antes de caer judicialmente.

 

La escena posee una estética profundamente mexicana: el funcionario pide licencia “para facilitar las investigaciones”, los aliados cierran filas hablando de dignidad y soberanía, la presidenta exige pruebas “contundentes” y el personaje central simplemente se esfuma. Nadie lo ve. Nadie lo escucha. Nadie sabe exactamente dónde está. El país contempla, otra vez, esa vieja tradición priista donde los hombres del poder pasan de gobernar estados completos a convertirse en rumores con escoltas.

 

La diferencia ahora consiste en que el expediente ya no se cocina únicamente en Bucareli. El problema para Morena tiene acento estadounidense, sello federal y olor a expediente financiero.

Durante años el obradorismo vendió la idea de que la corrupción pertenecía al pasado y que la llegada de la Cuarta Transformación había inaugurado una especie de era moral superior. El país terminó descubriendo algo mucho más pedestre: la corrupción jamás desapareció; simplemente cambió de uniforme, de discurso y de conferencia matutina.

 

Hoy Washington sostiene que operadores ligados a Los Chapitos habrían financiado estructuras políticas cercanas a Rocha Moya, facilitado operación territorial y contribuido electoralmente al fortalecimiento de Morena en Sinaloa. La acusación habría parecido delirante hace una década. Hoy encaja demasiado bien con la realidad acumulada durante los últimos años.

 

El problema más grave para el gobierno mexicano consiste en que Rocha ya venía siendo investigado desde antes de que estallara el escándalo internacional. La Fiscalía General de la República acumulaba información sobre movimientos financieros, redes de protección política y contradicciones alrededor del caso Mayo Zambada. El expediente dormía tranquilamente, como suelen dormir en México las investigaciones incómodas, hasta que Washington decidió despertarlo a golpes de filtraciones.

Y ahí comenzó la verdadera tragedia para Palacio Nacional.

 

Porque mientras Estados Unidos avanzaba, México empezó a defender al gobernador con una energía institucional que jamás mostró para buscar desaparecidos, proteger periodistas asesinados o esclarecer masacres.

 

“Sin pruebas no puede haber extradición”, declaró Claudia Sheinbaum. La frase, pronunciada en cualquier democracia funcional, habría parecido elemental. En México produjo carcajadas involuntarias. El régimen que convirtió testimonios protegidos en dogma judicial para destruir adversarios políticos descubrió súbitamente las virtudes del debido proceso cuando el señalado pertenece a Morena.

 

La memoria posee una crueldad admirable. Durante años el oficialismo celebró cada declaración de narcotraficantes en cortes estadounidenses contra Genaro García Luna. Bastaban dichos, rumores, testimonios de criminales confesos y referencias indirectas para construir culpabilidades absolutas. Ahora exigen estándares procesales dignos de la Corte de La Haya porque el expediente apunta hacia uno de los suyos.

 

Mientras la presidenta hablaba de prudencia jurídica, Washington seguía moviendo piezas.

 

Gerardo Mérida, exsecretario de Seguridad de Sinaloa, terminó detenido en Arizona acusado de recibir sobornos mensuales de Los Chapitos. Enrique Díaz Vega cayó después bajo sospechas similares. Los estadounidenses empezaron a cercar precisamente los puntos neurálgicos de cualquier estructura política corrupta: seguridad, dinero y operadores territoriales.

 

La señal resultó brutalmente clara.

 

Estados Unidos parece convencido de que en Sinaloa operó algo más complejo que simples actos individuales de corrupción. El expediente apunta hacia una posible red político-criminal capaz de influir electoralmente, garantizar protección institucional y administrar zonas completas bajo una especie de convivencia regulada entre gobierno y narcotráfico.

 

Y entonces la narrativa de “abrazos, no balazos” adquiere su verdadero significado histórico.

 

Durante años López Obrador presentó la estrategia como alternativa ética frente a la guerra contra el narco. El resultado terminó pareciéndose más a una política de coexistencia. Mientras el gobierno abrazaba, los cárteles crecían, diversificaban negocios, capturaban policías, financiaban campañas y convertían regiones enteras del país en espacios de soberanía compartida.

 

El “culiacanazo” quedó como símbolo perfecto de aquella lógica. El Estado mexicano capturó a Ovidio Guzmán y horas después tuvo que liberarlo frente a la presión armada del Cártel de Sinaloa. “Se tomó la decisión de proteger vidas”, explicó López Obrador. En cualquier otro país semejante frase habría provocado una crisis institucional monumental. Aquí terminó convertida en consigna ideológica.

 

Después vino el caso Mayo Zambada y el sistema empezó a desmoronarse más rápido.

 

El asesinato de Héctor Melesio Cuén retrató con precisión quirúrgica la podredumbre política sinaloense. Primero dijeron que fue un asalto. Después aparecieron videos mostrando una ejecución directa, limpia, profesional. Un hombre acercándose con absoluta tranquilidad para disparar frontalmente. La mentira oficial duró exactamente lo que tardó internet en destruirla.

Y aun así Morena siguió defendiendo a Rocha.

 

Ese detalle resulta quizá el más revelador de todos. Porque el gobierno mexicano parece mucho más preocupado por blindar políticamente al gobernador que por desmontar las estructuras criminales bajo sospecha. Omar García Harfuch aseguró recientemente que “no existe conducta ilícita acreditada” contra Rocha Moya. La velocidad del deslinde sorprendió incluso dentro del oficialismo. Las investigaciones apenas comenzaban y ya parecía emitirse una absolución anticipada.

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Sonaba menos a conclusión ministerial y más a operación cicatriz.

Mientras tanto, el gobernador con licencia sigue desaparecido. La escena recuerda demasiado aquellas viejas películas sobre narcopolítica latinoamericana donde los personajes centrales dejan de aparecer públicamente mientras abogados, operadores y diplomáticos negocian su destino.

 

Washington aprovecha cada minuto.

Donald Trump encontró en el caso mexicano el combustible político perfecto. Ya ni siquiera necesita construir caricaturas sobre narcotraficantes cruzando la frontera. Ahora le basta señalar gobernadores investigados, funcionarios detenidos y reportajes sobre operaciones de la CIA en territorio mexicano.

 

La humillación ocurre por entregas.

Primero las filtraciones. Después CNN hablando de operaciones paramilitares. Luego los expedientes financieros. Más tarde los señalamientos de la DEA. Finalmente Trump imitando la voz de la presidenta frente a auditorios republicanos mientras dice: “Es muy agradable… siempre muy agradable”, antes de lanzar amenazas sobre intervenir si México “no hace el trabajo”.

La estrategia posee una perversidad impecable. Estados Unidos evita confrontación abierta mientras erosiona lentamente la credibilidad del gobierno mexicano.

 

Y Palacio Nacional cae exactamente en la trampa.

Cada defensa automática de Rocha fortalece la percepción internacional de que Morena protege algo más profundo que un gobernador cuestionado. Cada negativa apresurada alimenta sospechas. Cada intento de ganar tiempo proyecta debilidad.

Quizá por eso la frase más inquietante sigue siendo aquella pronunciada desde Washington hace apenas unos días: “esto apenas comienza”.

 

Porque cuando Estados Unidos decide abrir expedientes políticos ligados al narcotráfico, rara vez se detiene en el primer nombre.

 

Tiempo al tiempo.

 


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