La sociedad frente a la entelequia llamada soberanía. El tercer atentado contra Trump
En verdad, no entiendo a los legisladores y a los gobiernos de la mal llamada “Cuarta Transformación”, pues han hecho una defensa absurda de esa entelequia llamada “soberanía”. Primero, exigiendo al gobierno de España que pida perdón a los pueblos originarios del continente americano, pero en especial a México, por los abusos cometidos en la conquista, cuando no existía el reino de España, sino los reinos de Castilla y de Aragón.
Demagogos e ignorantes, no le piden al gobierno de Estados Unidos que devuelva los territorios de California, Texas, Nuevo México y Arizona, pero sí condenan al gobierno de Chihuahua por haber permitido que cuatro agentes de la CIA operaran en su territorio, si el consentimiento de la administración de Claudia Sheinbaum Pardo. Hasta se atreven a señalar que hubo “traición a la patria”, pero no califican con el mismo rigor a sus propios “traidores” como los que se enriquecieron con el huachicol, causando pérdidas archimillonarias a la paraestatal Petróleos Mexicanos, cuyos últimos directores estuvieron al servicio de AMLO y sus hijitos.
Los morenistas tampoco condenan que el secretario de Economía y excanciller en el sexenio pasado, Marcelo Ebrard Casaubón, haya permitido que su hijo viviera como rey en la embajada de México en Londres, con el respaldo de la embajadora Josefa González-Blanco Ortiz-Mena, quien también apoyó para la estancia del hijo menor de López Obrador, Jesús Ernesto López Obrador Gutiérrez. Obviamente a costa del erario. Y la respuesta gubernamental contra el periodista que difundió esa noticia fue acusarlo de “mezquino”.
Y es que el gobierno morenista, al igual que en su momento lo hicieron los priistas y panistas, han sido intolerantes a la crítica y, por supuesto, a la negación de sus actos deshonestos. Han sido su sello. Rechazar la realidad ha sido en su particular forma de gobierno y atacar a los periodistas y descalificarlos cuando dan a conocer corruptelas o desviaciones ha sido una forma de evadir sus responsabilidades. Muchas veces esa intolerancia se muestra con el insulto, la descalificación, al rechazo de la corrupción de algunos de sus integrantes y a la justificación al mencionar a los corruptos de otros partidos en el pasado. Nada de autocrítica.
Esa historia se repite, como dije la semana pasada, desde el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz hasta la administración de Claudia Sheinbaum Pardo. La intolerancia a la crítica es propia del autoritarismo. A mes y medio del mundial de futbol, en México no han parado los asesinatos y ya se registró un atentado contra turistas en la zona de las pirámides de Teotihuacan.
La jefa de gobierno capitalino, Clara Brugada Molina, dice y hace cada cosa, fuera de toda lógica, pues pretende que los empresarios permitan que durante la justa deportiva sus trabajadores trabajen en sus casas y que no haya clases, pretendiendo evitar la menor movilidad posible, creyendo que con eso los visitantes se van a llevar una “mejor” impresión de la ciudad que mal gobierna, pero olvida que la economía capitalina se mueve en las calles y depende esa dicha movilidad.
Otro motivo de preocupación de los inversionistas es ese bodrio en que se ha convertido el pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cuyas resoluciones se están aplicando bajo una perspectiva política y no jurídica, además de que muestran falta de probidad. El último ejemplo, es el de Lenia Batres Guadarrama, que debió de haberse dispensado de conocer de un amparo promovido por el gobierno de la Ciudad de México en contra del ISSSTE por no pagar el impuesto predial. El ISSSTE lo dirige su hermano Martí. No obstante, lo anterior, insistió en que ella llevara a cabo la resolución en favor de su hermano, sin que nadie la frenara. ¡Qué vergüenza! Y qué inmoralidad.
Estos gobiernos nunca han sido autocríticos y están lejos de ser democráticos. Y la prensa, sigue haciendo su trabajo en condiciones adversas y ante una sociedad medrosa e indiferente. Ojalá y esto cambie a la brevedad.
En el salón del Hotel Washington Hilton, donde cada año se celebra la cena de corresponsales de la Casa Blanca, Donald Trump había entrado al salón, bajo una mezcla de aplausos y silencios. Era la primera vez que aceptaba ir como presidente. Pero lo de la noche del sábado no fue solo el tercer tiroteo en el que está involucrado Donald Trump, o un acto aislado de violencia. Fue una ruptura simbólica en el corazón de la narrativa democrática estadounidense: el espacio donde gobierno y medios ensayan una convivencia, conmemorando la Primera Enmienda. Esta cena fue, en el fondo, un termómetro del clima político en Washington: el menosprecio presidencial a la crítica periodística a su gestión y la desaprobación creciente de su mandato. Dicen que la cuarta será definitiva. ¿Será?
