Hambre

El hambre no se nombra. Es la forma inútil para que desaparezca y no se instaure en las narrativas sociales. El hambre, ese hueco lacerante que parece jalar entrañas y volverse un fantasma que permea cuerpo y pensamiento, es un espejo de las desigualdades que se viven en México.

La pobreza alimentaria en México no es sólo la falta de comida, sino la imposibilidad de acceder a alimentos que nutran, sostengan y permitan vivir con dignidad. Más de 44 millones de personas enfrentan dificultades para acceder a una alimentación suficiente y de calidad, una cifra que revela la profundidad estructural del problema.

Aunque los indicadores oficiales muestran avances en la reducción de la subalimentación, con una prevalencia estimada de 2.7 % entre 2022 y 2024, la realidad cotidiana es más compleja: al hambre se suma malnutrición, obesidad por comestibles ultra procesados y, al unísono, salarios que no alcanzan para una canasta básica.

“Pobreza alimentaria” es un término técnico que suaviza lo insoportable: hambre.

El INEGI reporta que el ingreso de tres de cada 10 personas alcanza para adquirir una canasta alimentaria y otros bienes esenciales. En Chihuahua, por ejemplo, más de 380 mil personas viven esta condición, mientras toneladas de comida se desperdician cada día .

La paradoja mexicana es brutal: convivimos con desnutrición y obesidad al mismo tiempo. No porque haya abundancia, sino porque lo que abunda es lo barato, lo ultra procesado, lo que llena pero no nutre.

Así, México registra un aumento en casos de desnutrición atendidos por el sector salud, mientras la epidemia de obesidad aumenta con refrescos, harinas y calorías vacías. Se trata de una forma de hambre más silenciosa: hambre de nutrientes disfrazada de saciedad.

Aquí la insuficiencia salarial es el corazón del problema. No se trata sólo de acceso físico a alimentos, sino de imposibilidad económica. Cuando el ingreso no cubre lo básico, la dieta se vuelve una negociación diaria entre lo posible y lo dañino.

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Ni es exageración: El costo de una dieta saludable en América Latina es el más alto del mundo: 5.16 dólares por persona por día, ajustados al poder adquisitivo. Para millones, eso es simplemente inalcanzable. El resultado es una dieta que empobrece el cuerpo y perpetúa la desigualdad.

El hambre no es un accidente: es el síntoma visible de un sistema que distribuye mal la riqueza, el territorio, la educación, la salud y el tiempo. Es un espejo que devuelve la imagen de nuestras prioridades colectivas. Es un signo de un problema antiquísimo que parece eterno.

Y si. El hambre no sólo es un hueco profundo que parece rasgarte momento a momento. Es la certeza de vida difícil que se sostiene precariamente al cuerpo, la mente, el mundo y la realidad que conocemos. Es una laceración que no se extingue y nos lastima a todos.

 


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