AMLO y La Habana
Por Francisco Reséndiz
La decisión de Andrés Manuel López Obrador de salir del retiro para encabezar una cruzada de apoyo a Cuba —uno de los temas más sensibles para la izquierda mexicana— encendió alertas en la clase política nacional. No es un tema menor: el tabasqueño mostró que sigue teniendo poder… y que su capacidad de movilización permanece intacta.
Desde Palenque, el ex Presidente rompió su propio cerco de silencio. En Palacio Nacional decidieron no censurarlo, pero tampoco institucionalizar su llamado; dejarán —me aseguran— que corra a su propio ritmo, sin la intervención directa del gobierno de la República, pero sí manteniendo infranqueable el apoyo histórico de México a La Habana ante Estados Unidos.
La relación de López Obrador con la dictadura impuesta por Fidel Castro y su hermano Raúl en la isla, hoy liderada por Miguel Díaz-Canel, se ha fortalecido desde hace 26 años. El apoyo de grupos chavistas y castristas a la primera aspiración presidencial del tabasqueño fue enérgicamente documentado en 2005-2006.
Díaz-Canel fue uno de los invitados de honor a la ceremonia de investidura presidencial de López Obrador el 1 de diciembre de 2018 y se sentó en la mesa de honor en la comida que ese día ofreció la Presidencia de la República a los jefes de Estado y de Gobierno en el Salón Tesorería de Palacio Nacional.
Más aún. López Obrador llevó la revolución de Fidel, Raúl y el Che al corazón político y social de México: el Zócalo de la Ciudad de México. Fue previo al arranque del Desfile Militar por el 211 aniversario del inicio de la Independencia de México, el 16 de septiembre de 2021, cuando, por invitación de AMLO, Díaz-Canel ofreció desde ahí un discurso a la nación, una distinción que México sólo se le había dado al presidente francés Charles de Gaulle, el 16 de marzo de 1964 para que diera un mensaje, lo hizo desde el Balcón Central.
Mientras sentaban al entonces embajador de Estados Unidos en México, Ken Salazar, en el graderío, lo más lejos del templete montado al pie del Balcón Central de Palacio Nacional, Díaz-Canel y López Obrador salían por la Puerta de Honor y caminaban unos 100 metros, con diálogo en corto y directo, hasta sus lugares.
El mensaje de aquel momento retrata la cercanía de Cuba con México, que ha hecho suya López Obrador:
Díaz-Canel recordó en su mensaje que hubo cubanos en el gabinete de Benito Juárez, que el yerno de Benito Juárez era cubano, que militares cubanos comandaron tropas mexicanas durante la Guerra de Reforma, la guerra contra Francia y la intervención de Estados Unidos; mencionó entonces a Pedro Ampudia, Juan Valentín Amador, Manuel Fernández Castrillón, Antonio Gaona, Pedro Lemus y Anastasio Parrodi, y al yerno de Juárez, Pedro Santacilia.
Dijo que México fue el primero en reconocer la independencia de Cuba y que hubo mexicanos combatiendo a España en la isla. Después narró la construcción de la Revolución Cubana en México. Dijo que en la Ciudad de México fue asesinado el joven comunista Julio Antonio Mella y que aquí mismo se entrenaron y organizaron su expedición los jóvenes de la Generación del Centenario, y mencionó a María Antonia González, Antonio del Conde “el Cuate”, clave en la adquisición del yate Granma; Arsacio Vanegas y Dick Medrano, luchadores profesionales que dieron entrenamiento físico a la tropa; Irma y Joaquina Vanegas, que ofrecieron su casa como campamento. Claro, a Fidel, Raúl y Ernesto Guevara.
“El paso de Fidel y sus compañeros por México dejó profunda impresión a los futuros expedicionarios del Granma y un cúmulo de leyendas por todas partes de las que todavía se habla con admiración y respeto… De esa histórica embarcación descendió siete días después, el 2 de diciembre, el recién nacido ejército rebelde que venía a libertar a Cuba”.
Y que Lázaro Cárdenas viajó a La Habana en 1959, sólo unos meses después del triunfo de la Revolución Cubana; y que México fue el único país de América Latina que no rompió relaciones con la Cuba revolucionaria cuando fuimos expulsados de la OEA por un mandato imperial. Y fustigó ideológicamente a los Estados Unidos; a cada palabra del cubano, López Obrador asentía con la cabeza.
AMLO respondió ahí mismo, frente a las tropas mexicanas. Dijo que Miguel Díaz-Canel representa a un pueblo que ha sabido, “como pocos en el mundo”, defender con dignidad su derecho a vivir libres e independientes, sin permitir la injerencia en sus asuntos internos de ninguna potencia extranjera.
“En consecuencia, creo que, por su lucha en defensa de la soberanía de su país, el pueblo de Cuba merece el premio de la dignidad y esa isla debe ser considerada como la nueva Numancia por su ejemplo de resistencia, y pienso que por esa misma razón debiera ser declarada patrimonio de la humanidad”, soltó el tabasqueño para llamar de inmediato a Washington a levantar el bloqueo a Cuba.
“¡Que viva la independencia de México! ¡Que viva la independencia de Cuba!”, arengó el entonces presidente de México.
La relación continuó y se fortaleció, con el envío de petróleo mexicano a Cuba y la llegada de médicos cubanos para hacer frente a la crisis sanitaria en México por la epidemia de Covid-19.
Así es como AMLO ve y defiende a Cuba. El diálogo se ha mantenido. Hoy, incluso en el retiro, López Obrador opera, influye y moviliza a sus leales sin pedir permiso ni avisar a Palacio Nacional. No es nostalgia. Es poder.
RADAR
ACOSO EN JALISCO. En política, los escándalos no estallan de golpe: se construyen poco a poco hasta que ya no pueden ocultarse, y eso parece ocurrir en el Congreso de Jalisco, donde el nombre de Eduardo Martínez Lomelí, secretario general del órgano legislativo, comienza a aparecer con demasiada frecuencia en medio de cuestionamientos y polémicas.
Desde tierras jaliscienses nos detallan un conflicto detonado por Martínez Lomelí y que ha llegado incluso a instancias defensoras de derechos humanos… este tema ya no es privado, se ha vuelto público. Hay señalamientos dentro del propio Congreso que apuntan a un clima laboral deteriorado, marcado por presiones, conflictos y violencia institucional contra trabajadores.
Trabajadoras recurrieron a este columnista para denunciar que hubo filtraciones de cámaras de videovigilancia durante un evento sindical por el Día de la Mujer, utilización de imágenes privadas y llamadas en las que se habría presionado al personal para firmar documentos sin conocer su contenido y tomar control de plazas.
Lo que está en juego no es sólo una confrontación personal, sino el control de espacios clave en el Congreso de Jalisco, que deberían pertenecer a los trabajadores, no a un funcionario. Y cuando el poder se disputa de esa manera, las consecuencias suelen ir saliendo a la superficie, una tras otra. Daremos seguimiento a este caso.
