En pos de la androginia sobre paradigmas de género
El estereotipo de género es un verdugo. Limita, acota y borra personas y posibilidades.
Miente, porque su maniqueísmo es autoritario e irreal. Los modelos de femineidad y masculinidad son definidos de manera arbitraria y sostienen un mito lejano a la verdad cotidiana de quienes habitamos estos cuerpos.
A las mujeres se les exige “performar” una autoridad aceptable, casi siempre modelada sobre parámetros masculinos: rígidos, verticales y emocionalmente amputados. Pero cuando una mujer encarna esa versión, aparece el epíteto: “falsa”, “masculinizada”, “dura”, “no auténtica”.
A la inversa, cuando un hombre ejerce un liderazgo empático y escucha activa, se le califica de “débil”, “manipulable” o “blandengue”.
Mientras tanto, la palabra “andrógino” es malinterpretada. No significa “ni hombre ni mujer”, sino la capacidad de integrar en una misma persona un rango amplio de expresiones humanas: firmeza y ternura, lógica y sensibilidad, estrategia y cuidado, introspección y presencia pública.
En el mundo laboral, esta integración es revolucionaria. Rompe con la idea de que la racionalidad es masculina, la empatía femenina, la autoridad masculina, la escucha femenina, la ambición masculina o la colaboración femenina.
Estos binarismos no solo son falsos: son herramientas de control. La androginia, en cambio, devuelve a cada persona su derecho a ser completa.
Las mujeres no son castigadas por ser “muy femeninas” o “muy masculinas”, sino por salirse del molde que otros diseñaron para ellas. Y los hombres tampoco están exentos: se les sanciona cuando adoptan enfoques creativos, colaborativos o sensibles, como si la vulnerabilidad fuera una traición a su género.
El paradigma es rígido: a las mujeres se les pide ser competentes pero no intimidantes, amables pero no “emocionales”, firmes pero no “mandonas”, seguras pero no “arrogantes”, auténticas pero solo dentro de lo aceptable.
A los hombres se les exige fortaleza sin fisuras, distancia emocional incluso en momentos críticos, y una autoridad sin dudas ni matices.
Lo más perverso es que, cuando una mujer adopta características tradicionalmente asociadas a lo masculino para sobrevivir en ese entorno, se le acusa de “falsedad”, como si la autenticidad fuera un privilegio reservado para otros. Y a los hombres, en tanto, se les niega la posibilidad de la incertidumbre, la duda o la empatía.
Hablar de “unicidad” es ir más allá de la diversidad: es hablar de soberanía identitaria.
Un entorno laboral verdaderamente ético debería reconocer que las características humanas no tienen género. Son capacidades humanas.
Asi, necesitamos permitir que cada persona elija su forma de presencia. No imponer un tono de voz, un estilo de liderazgo, una corporalidad ni una emocionalidad.
La autenticidad no es “verse natural”, sino ser congruente con la propia identidad. Cada característica es una genealogía. La androginia, entonces, es una ética de libertad interior
