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Parques que languidecen.  

Parques que languidecen.  

Cuando se apagan las risas y la luminosidad cede a sombras y miedo, comienza el fin de la habitabilidad de los espacios públicos.

Su abandono revela una herida emocional y política. Las ciudades dejan de reconocerse a sí mismas y los jardines, parques y avenidas se transforman en territorios sin relato.

La sombra no evidencia sólo falta de mantenimiento: es erosión del pacto social, la huella visible de que, para los presupuestos y decisiones gubernamentales, lo colectivo “ya no importa”.

Al mismo tiempo, aparece la retirada afectiva y real de los ciudadanos. Impera la soledad en callejones, parques y plazoletas. Cuando un parque se percibe inseguro, sucio o impredecible, la gente deja de habitarlo. Se convierte en un espacio sin juego ni disfrute. Se marchita.

En esa incuria, el miedo se vuelve arquitecto. La inseguridad no sólo modifica comportamientos: rediseña la ciudad y la vuelve defensiva, fragmentada, vigilada… no viva. Lo inerte es reflejo de abandono.

En muchas urbes, los gobiernos priorizan infraestructura dura, movilidad o megaproyectos, mientras los espacios cotidianos, esos que sostienen la vida diaria, se deterioran y pierden rituales comunitarios.

Porque esos espacios públicos, borrados de las políticas y los presupuestos, son escenarios de convivencia y también de identidad. Son lugares donde la ciudad se reconoce a sí misma. Entonces, cuando se apagan, la ciudad pierde memoria.

En ese vacío, emergen narrativas de peligro que se vuelven profecías autocumplidas, economías informales desreguladas que ocupan sin cuidar y una densa sensación de desarraigo.

Así el miedo, la inseguridad e insalubridad, se convierten en los administradores del espacio público: sombras que cierran posibilidades de juego y convivencia. Espacios‑escollos que niegan encuentros…

Hoy recuperar la habitabilidad implica cambiar el relato, generar un nuevo pacto afectivo entre ciudad, ciudadanía y gobierno. Eso se logra con intervenciones que mezclan infraestructura, pedagogía, cultura y comunidad.

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No basta con alumbrado funcional: se requiere iluminación cálida y artística que invite a quedarse. La luz es un mensaje político: “Aquí sí hay cuidado”.

 

La limpieza profunda y el mantenimiento visible son más que cosméticos, representan disuasores reales del crimen. Son actos de autocuidado, de la revalorización del “nosotros” que deben mostrarse. Así, las cuadrillas deben trabajar a la vista, no en madrugadas inquietantes. La presencia del cuidado genera confianza y rompe la narrativa del abandono.

Al unísono, activaciones rápidas y tácticas —mercados temporales, clases al aire libre, cine en parques, ferias de lectura— son antídotos contra la ausencia y la incuria.

La tierra compartida crea comunidad y la cultura se vuelve infraestructura emocional. El arte se extiende en lo cotidiano y la sensación de peligro se diluye orgánicamente. Entonces ocurre lo impensable: la languidez se convierte en semilla.


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