Trampas en los mitos de género
Somos proclives a rechazar lo complejo y estandarizar. Pero esto crea conceptos erróneos muchas veces, como al estereotipar los géneros y mostrar caricaturas de lo que debe ser un hombre y una mujer. Emerge un maniqueísmo en el que los valores andróginos, como perseverancia, amabilidad, empeño y asertividad se diluyen.
Así la frase “mujeres masculinizadas atraen hombres con energía femenina” no describe realidades humanas, sino estereotipos. Ese tipo de afirmaciones parte de una lógica binaria:
“Femenino” se asocia con suave, receptivo, emocional, mientras lo “Masculino” se considera fuerte, proveedor, racional. Desde esa bifurcación reduccionista se inventa una especie de “ley energética” que no existe en ninguna teoría psicológica seria.
Lo que sí existe es diversidad de personalidades, estilos de apego, modelos de socialización, preferencias individuales y contextos culturales. No existe una “energía masculina o femenina”.
Nadie con autoridad real puede determinar el grado de feminidad o masculinidad de nadie. Se trata de una construcción cultural que cambia según la época, clase social, país, comunidad, moda, discurso político o estética dominante
Hombres y mujeres pueden ser, al unísono, fuertes y tiernos, racionales y emocionales, directivos y receptivos, independientes y afectuosos. La masculinidad y feminidad no es un molde, es un campo amplio de expresión humana.
Así, hombres y mujeres pueden ostentar valores como responsabilidad, cuidado, claridad, valentía, sensibilidad, liderazgo, empatía, creatividad. No pertenecen a un género. Son humanos.
Ahora, la psicología contemporánea reconoce que las personas más completas integran rasgos tradicionalmente asociados a ambos polos. A eso se le llama androginia psicológica, y está asociada con mayor resiliencia, flexibilidad emocional, mejores relaciones, liderazgo y mayor bienestar
Es la integración, no la polarización, es lo que fortalece.
Pero solemos asumir que un hombre no cuida, ni expresa emociones, escucha, coopera, acompaña o se vuelve vulnerable porque “eso es femenino”. A la par, se masculiniza a la mujer que lidera, se empecina en resultados, es fuerte, trabajadora y ostenta liderazgo. Se nos olvida algo esencial: se trata de rasgos y características humanas, no acotadas a los prejuicios de género.
Las explicaciones banales de “energía femenina o energía masculina” se popularizan porque simplifican la complejidad, ofrecen explicaciones fáciles a dinámicas afectivas difíciles, alimentan inseguridades y generan contenido polémico, pero no describen la realidad, sino una ansiedad colectiva alrededor del género.
En suma: Personas con estilos distintos se atraen por afinidad, historia, heridas, deseos, modelos familiares, compatibilidad emocional y narrativa personal.
Estos mitos que acotan las características de los géneros, reducen la experiencia humana y acota las relaciones a un intercambio binario. La vida humana no funciona así porque las personas son sistemas complejos en los que interviene historia, carácter, heridas, aspiraciones, temperamento, cultura, educación y oportunidades.
Los discursos simplistas castigan a ambos géneros y restringen sus oportunidades de crecimiento, experiencia, autoexpresión, disfrute…son cerrojos que perpetúan conceptos invalidados en la realidad y que tratan de mantener prejuicios y desigualdad.
