Petróleo, discreción y obediencia
Durante décadas el petróleo ha sido para México algo más que un recurso energético: ha funcionado como herramienta diplomática, símbolo de soberanía y moneda de cambio político.
En tiempos recientes, ese uso volvió a escena a partir de los envíos de crudo y combustibles a Cuba, una relación heredada de viejas afinidades ideológicas que hoy transita por una zona de penumbra administrativa y discursiva.
Pemex reconoció transferencias a la isla durante 2024 y 2025, aunque redujo el volumen a una expresión casi simbólica. Las cifras oficiales aparecen fragmentadas, dispersas entre reportes técnicos, declaraciones públicas y silencios estratégicos.
La empresa productiva del Estado apeló a contratos previos y a razones humanitarias, mientras evitó detallar condiciones financieras, mecanismos de pago y criterios de continuidad. La discreción se convirtió en política pública.
En paralelo, el escenario internacional se endureció. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca trajo consigo una estrategia frontal contra cualquier país que facilitara energía al gobierno cubano. Aranceles, amenazas comerciales y sanciones indirectas formaron parte del nuevo repertorio.
México respondió con un discurso elástico: reafirmó su vocación solidaria en foros multilaterales y, al mismo tiempo, detuvo los envíos petroleros con una velocidad que contrastó con la retórica soberanista. La maroma política alcanzó niveles olímpicos.
La presidenta habló de prudencia, de evaluación técnica y de responsabilidad económica. La decisión final coincidió punto por punto con la exigencia estadounidense. El mensaje implícito resultó claro: el margen de maniobra existe mientras Washington lo permite. La política exterior mexicana opera dentro de una geometría condicionada por la vecindad y por la dependencia comercial.
Cuba, por su parte, enfrenta una crisis energética estructural. La caída del suministro venezolano dejó a la isla en una situación frágil, con apagones recurrentes, transporte limitado y una economía doméstica sostenida a fuerza de remesas y racionamiento. El petróleo mexicano representó un alivio parcial, relevante más por su carga simbólica que por su volumen real. Su interrupción profundiza tensiones cotidianas y reactiva memorias del llamado Periodo Especial, etapa marcada por escasez y deterioro social.
Aun así, el endurecimiento del bloqueo difícilmente modificará la arquitectura del poder cubano. El régimen ha demostrado una capacidad notable para administrar la escasez, redistribuir costos hacia la población y preservar los núcleos duros de control político. Rusia, China e Irán aparecen como proveedores alternativos, motivados por intereses geopolíticos que trascienden la coyuntura caribeña. El combustible encuentra rutas cuando la necesidad estratégica lo exige.
La expectativa de un colapso político derivado del ahogo energético responde más al deseo que al análisis histórico. Las dictaduras raramente se disuelven por presión externa aislada. Su transformación ocurre cuando confluyen fracturas internas, pérdida de cohesión en las élites y una sociedad civil capaz de articular alternativas. El bloqueo, en su versión clásica o renovada, fortalece discursos de resistencia y victimización que prolongan la inmovilidad.
En este contexto, la discusión relevante gira en torno a México. La opacidad en Pemex, la elasticidad discursiva del Ejecutivo y la rapidez para alinearse con Washington exhiben una política exterior administrada por reflejos defensivos. El petróleo, presentado como instrumento de solidaridad, terminó operando como variable de ajuste frente a la presión comercial.
El episodio deja una enseñanza incómoda. La soberanía energética proclamada en discursos se diluye cuando entra en contacto con el sistema internacional real, donde las decisiones se toman bajo cálculo y conveniencia. La discrecionalidad sustituye a la rendición de cuentas. El silencio reemplaza a la explicación pública.
Cuba seguirá enfrentando carencias. Su gobierno conservará el poder mientras mantenga aliados y control interno. México, entretanto, queda frente a su propio espejo: un país que habla con voz firme en casa y modula su tono al cruzar la frontera norte. El petróleo fluye o se detiene según lo indiquen fuerzas ajenas, y la transparencia permanece como asignatura pendiente en una democracia que promete claridad y ejerce penumbra.
Tiempo al tiempo.
