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El tlamatini que conocí. A 100 años del nacimiento de Miguel León-Portilla.

El tlamatini que conocí. A 100 años del nacimiento de Miguel León-Portilla.

POR GUILLERMO CORREA LONCHE
Dentro de su admirable biblioteca, sentado en su escritorio alumbrado por un intenso foco amarillo, Miguel León-Portilla esperaba mi llegada luego de haberme invitado a platicar en torno a mi investigación recién concluida sobre el origen del símbolo fundacional de Tenochtitlan. Esa tarde platicamos no sólo de mi investigación sino de muchos otros temas, entre los cuales se desprendió uno en particular: el idioma náhuatl. Poco a poco empezamos a enfocar nuestra plática en este punto tan importante para él. Le pregunte su opinión respecto a lo que ciertos historiadores pensaban respecto a que el origen de esta lengua podría datarse miles años antes de la era cristiana, a lo que me contestó: “Yo pienso que el náhuatl, por los estudios de glotocronología, puede situarse con el origen de las lenguas yutoaztecas las cuales se empezaron a separar entre lo que hoy es Sonora y Arizona, más o menos unos mil años antes de la era cristiana, entonces vemos que no es tan antigua la presencia de las lenguas yutoaztecas en Mesoamerica, y que hay otras más antiguas. Por cierto, el estadounidense Daniel Garrison Brinton fue quien inventó el témino yutoazteca, un término desafortunado, pero en fin, es como se conoce a esta familia de lenguas.”
A don Miguel León-Portilla no le gustaba que se refirieran al náhuatl como una lengua aglutinante. “Para mi, el náhuatl es una lengua polisintética y es una lengua no aglutinante, sino incorporante, y eso lo notó fray Andrés de Olmos en el siglo XVI, porque incorpora como si fuera un rompecabezas, con modificaciones morfo-fonéticas para entrar en composición y eso le da un carácter muy particular. Por ejemplo, en alemán para decir “mesa” se dice tisch, y para decir “lámpara”, lampe, juntas forman la palabra lampetisch, “lámpara de mesa”. Esto sí es aglutinante, en cambio en el náhuatl se modifica la estructura, entra una parte de la palabra en otra, y eso es muy bonito porque no se juntan sino que se acomodan, se altera desde lo más sencillo. Si yo digo “casa”, calli, y luego “mi casa”, nocal, hay una incorporación ahí. Yo comparo la complejidad de la lengua náhuatl con el alemán: para muchos intelectuales se trata esta última de un idioma muy complejo porque en cierta forma “aglutina” es decir, se pueden crear palabras, frases, ideas completas con este idioma. El náhuatl también incorpora y para hablarlo se requiere de una gran inteligencia. Yo puedo hablar varias lenguas europeas y en general no me ha costado gran trabajo, pero la lengua náhuatl, que la comencé a estudiar hace casi 60 años, me sigue costando trabajo, porque es otra estructura, una estructura que me es ajena, agena a nosotros dos, aunque a lo mejor tengamos algo de nahuas, es algo muy extraño.”
Había un aspecto que Miguel León-Portilla me enfatizó mientras pasaba las hojas engargoladas de mi libro – que en ese entonces aún no se había publicado – bajo la intensa luz de la lámpara de su escritorio. “Se ha tratado de comparar al español con el náhuatl, yo discutía presisamente eso con Carlos Montemayor, porque él decía que el náhuatl era una lengua más desarrollada que el español. Pero para mí eso no es posible. Todas las lenguas tienen todo lo que necesitan para comunicar. El léxico es el inventario de la cultura de la cual son portadoras, el léxico de una lengua es el inventario de la cultura del pueblo que la habla. Yo tuve un alumno cuyo padre era campesino que me preguntó si quería apreciar un rasgo del náhuatl que a lo mejor no conocía, y le dije que sí, me llevó entonces afuera de su casa, en el campo, con su padre quien me dijo: ‘Mire usted cuánto pasto hay aquí. ¿Verdad que es pasto? Pues ahí hay veinte tipos diferentes de plantas, yo le puedo dar los nombres de cada una.’ Nosotros no tenemos ojos para ver eso. Y eso no quiere decir que el náhuatl sea mejor. Porque, en cambio, el español puede tener para otras cosas muchas más palabras.”
Poco antes de finalizar la conversación que entablamos en torno al náhuatl, me interesó saber su respuesta a la pregunta: ¿Quiénes eran los mexicas? A lo que me respondió: “Yo pienso que los mexicas eran desde un principio mesoamericanos, que dejaron el centro y se marcharon a la frontera norte de Mesoamerica para después regresar. Hay textos en que se dice ‘no hemos venido, hemos regresado’, en náhuatl lo dicen. Entonces, si en verdad fue así, se explicaría por qué cuando los mexicas llegan al centro de este territorio tienen ya muchísimo de mesoamericanos, algo que, evidentemente, no se pudo lograr de un momento a otro, incluso hay textos en los que se dice abiertamente que son regresados”.
Ese día nuestra conversación siguió por varias horas más. Semanas más tarde volví a verlo en un recital de poesía en náhuatl en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en donde aparentó leer un texto muy sustancioso en náhuatl. Evidentemente, se había memorizado ese texto, pues su problema de visión no le hubiera permitido leer ningún relato de manera tan fluída. Al terminar el evento me acerqué de inmediato a la tarima para ayudarlo a bajar, le dije quién era y me dio un abrazo muy fuerte. De inmediato, la multitud hizo que nos distanciaramos. Una mujer de programación de la sala se acercó a mí y me dijo que no me preocupara, que ella se encargaría de llevarlo con mucho cuidado al asensor y de ahí hasta su vehículo. Fue la última vez que vi a nuestro querido tlamatini que, por cierto, ¡cuánta falta nos ha hecho desde su partida!

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