El imperio al borde
El primer año del segundo mandato de Donald Trump marca una inflexión peligrosa en el orden internacional. Estados Unidos abandona la cortesía del liderazgo compartido y ejerce el poder imperial sin pudor.
La hegemonía se muestra en su forma más primaria: intimidación, amenaza, desdén. Trump gobierna como buleador planetario. Empuja, provoca, mide la reacción y vuelve a empujar.
La aparente improvisación encubre un método. En la literatura estratégica se conoce como la teoría del loco. Fingir irracionalidad para disciplinar al entorno. Convertirse en un actor impredecible para obligar a todos a calcular con miedo. Trump adopta ese papel con convicción. Rompe acuerdos, insulta aliados, descoloca adversarios. El mensaje resulta constante: cualquier límite puede desaparecer.
La diplomacia cede su lugar al sobresalto. El multilateralismo se reduce a escenografía. El poder se ejerce desde la ansiedad ajena. Estados Unidos persuade poco y amenaza mucho. El imperialismo, en esta fase, prescinde de sutilezas y se apoya en la intimidación abierta.
Esa visión quedó expuesta en el Foro Económico Mundial de Davós. Ante la élite política y financiera europea, Trump recordó que sin Estados Unidos el continente estaría hablando alemán y japonés. La frase condensó su concepción del mundo: vencedores que mandan, derrotados que agradecen. La Segunda Guerra Mundial reaparece como argumento permanente de subordinación. La historia convertida en garrote.
En Davós también arremetió contra Suiza. Cuestionó su neutralidad, su sistema financiero y su comodidad histórica. Ningún espacio resulta intocable cuando la hegemonía se siente propietaria del orden global. Trump habló como dueño del mundo. Europa escuchó. El foro, diseñado para el consenso, terminó como tribuna de advertencias.
Trump gobierna desde la convicción de que el miedo ordena mejor que el acuerdo. Aranceles, sanciones, desplantes militares y amenazas retóricas se combinan como instrumentos de presión psicológica. La política exterior se transforma en espectáculo de fuerza. El caos opera como herramienta deliberada. El sistema internacional entra en una fase de inestabilidad inducida.
México ocupa un lugar central en esa estrategia. La relación bilateral adopta la lógica de la anaconda: rodear, asfixiar, apretar de manera gradual. Migración, comercio, seguridad y energía funcionan como puntos de presión simultánea. Cada señal desde Washington ajusta el cerco. La dependencia económica amplifica el efecto.
Desde México se invoca soberanía con frecuencia discursiva. En la práctica predomina una conducta dócil. La política exterior se administra como contención. Ceder para ganar tiempo. Evitar el conflicto. Reducir daños inmediatos. Esa prudencia, presentada como realismo, lastima sin duda la posición nacional frente a un vecino que interpreta la cautela como rendición anticipada.
Trump comprende esa dinámica y la explota. La presión aumenta cuando percibe ausencia de resistencia efectiva. La anaconda aprieta con mayor fuerza cuando la presa permanece inmóvil. México queda atrapado entre la retórica interna y la subordinación externa, sin una narrativa internacional capaz de sostener intereses propios más allá de la frontera norte.
El balance de este primer año resulta sombrío. El imperialismo estadounidense entra en una fase más cruda, menos sofisticada, aunque eficaz. El mundo observa cómo la hegemonía se ejerce mediante el sobresalto permanente. Los márgenes de autonomía de los países intermedios se reducen. La incertidumbre se normaliza como forma de gobierno global.
La historia enseña que los imperios empujados al límite terminan por equivocarse. Antes de corregir, arrasan. Trump gobierna convencido de que el mundo puede administrarse a golpes de mesa y amenazas. Confía en que el miedo sustituya al respeto y en que la dependencia garantice obediencia. México observa, calcula y espera. En geopolítica, la espera también es una decisión. Casi siempre, la más costosa.
Tiempo al tiempo.
