A LA MEMORIA DE OCTAVIO RODRIGUEZ PASQUEL BRAVO (+)
Y que vuelos de ángeles te acompañen cantando a tu final descanso.
La noticia de su partida no nos sorprendió. Luchaba contra un mal de los difíciles. Siempre conservó la lucidez y su memoria impresionante. Su cuerpo se rendía. Tavo fue un escritor constante en páginas de El Mundo de Orizaba. Muy leído. Hombre de bien era mi coach en asuntos deportivos, pocos sabían más que él. Chiva de corazón y por toda la vida, hoy lo despedimos con tristeza y lágrimas en los ojos, como se despide bien a un amigo. Con la idea de no volverlo a ver y de no convivir en los jueves en la Troje de sus amores.
A sus 95 años deja una herencia de bien a sus hijos, nietos, bisnietos, nueras y toda su buena y unida familia, que siempre le acompañó y estuvo pendiente de su salud.
Honró a su familia.
Ellos fueron su pilar, orgulloso hablaba de ellos, de sus logros, de sus carreras, de su vida, a todos quiso por igual.
No había día de la semana que no platicáramos de deportes o de cine, donde era un cinéfilo capacitado. Y de los libros, consumado lector.
Hace poco celebró su cumple entre amigos y escribió el último libro de su vida, “Palabras al viento de un orizabeño”, su legado para la familia y los amigos.
Hoy es lectura obligada, para recordar sus vivencias.
Bromeábamos y yo mero le decía que no se podía morir, que había que esperar a julio al Mundial. Hace nada también escribió una columna de testamento, donde anunció que tenía cáncer y fijó la opción suya para esperar la muerte.
El martes pasado recibí una llamada de él mismo. Me sorprendió, pero gusto me dio. Lo escuché bien, era la llamada de despedida triste que le hacía a un amigo. Me dijo, con sus bromas de siempre, que iba directo al cielo y quiénes se quedaban aquí abajo, no pasarían. Le respondí que le tocaríamos la puerta, en su momento, para que nos abriera y le dijera al Patrón que éramos también buenitos.
Me alegró y entristeció su última llamada.
Ya está con Dios. Y le despido con este poema de Elizabeth Fraye.
“No te pares en mi tumba a llorar. No estoy ahí. Yo no duermo. Soy los mil vientos que soplan. Soy los destellos de diamante en la nieve. Soy la luz del sol sobre el maduro grano. Soy la suave lluvia de otoño cuando despiertes en la mañana silenciosa. Soy la rápida y estimulante carrera de tranquilos pájaros que vuelan en círculos. Soy las estrellas suaves que brillan por la noche. No te pares en mi tumba a llorar. No estoy ahí. Yo no morí”.
Para sus hijos: Bertha y Octavio, Eduardo, Arturo, Gina, Cacho, Aurora, Cristian y Erika y su esposa, Alicia con nietos y bisnietos, un abrazo fraterno.
No lloremos su partida, alegrémonos por los años que vivió entre nosotros.
Descansa en paz, querido Tavo. Te vamos a extrañar, querido amigo.
