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Enfermedades innombrables

Enfermedades innombrables

A veces percibo una realidad que trato de ignorar: una sombra larga que percibo como un zombie que se adentra en mi piel y percepciones. Es una crisis silenciosa que se torna como un cansancio persistente, una desconexión del mundo.

Traté de ignorar ese sentido de anestesia involuntaria, incluso asumí que era la única persona del mundo que vivía agotada. Entonces, casi milagrosamente, a través de un artículo periodístico, descubrí que es una enfermedad mental que afecta a personas entre los 35 y los 55 años que se enfrentan a una falta de sentido de la vida. Aparece cuando olvidamos porque estamos aquí o cual es nuestro Contrato Sagrado.

En México, algunas instituciones educativas comienzan a traducir esta evidencia en acciones concretas para ayudarnos a descubrir el propósito de vida como parte de la formación.

“A partir de los 30 años muchas personas entran en una lógica de cumplimiento constante. La rutina, el trabajo, obligaciones familiares y sociales ocupan todo el espacio mental. Lo urgente desplaza a lo importante. La tecnología, aunque útil, intensifica esta fragmentación: pasamos de tarea en tarea, de mensaje en mensaje, sin detenernos a pensar en por qué hacemos lo que hacemos”, dice Rosalinda Ballesteros, directora del Instituto del Propósito y Bienestar Integral, de Tecmilenio.

No se trata de acciones trascendentales, de reflexiones da larga data, de minuciosas especulaciones. Sólo de una breve reflexión de nuestras acciones cotidianas y aparentemente anodinas. Es establecer un porqué en todo lo que hacemos, visualizar su trascendencia y asumir que el trabajo no sólo es el equivalente a una transaccion quehacer-dinero. Es reflejo de lo que somos, de lo que queremos lograr en el mundo, de nuestros valores.

La acción cotidiana no es inercia estéril, Pero lo olvidamos… entonces actuamos inconscientes, apagados, dormidos. Nos domina el sinsentido.

“Para muchas y muchos adultos, recuperar esa brújula interna no implica empezar de cero, sino volver a habitar su vida con más presencia. Puede ser a través de espacios de acompañamiento, programas comunitarios o ejercicios de reflexión guiada. Lo importante es que el propósito deje de entenderse como un lujo filosófico y se reconozca como lo que es: un pilar de salud mental, bienestar social y libertad interior”, dice Ballestaros.

“El propósito no se encuentra. Se cultiva.  Y ese cultivo personal, constante y profundamente humano puede ser la clave para que miles de personas vuelvan a construir, desde su propia verdad, una vida con sentido”, concluye Ballesteros.

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Y el día de hoy comienza entonces con reconectarme conmigo misma y con lo que creo. Piede ser a través de la meditación u oración, con el encuentro con mis raíces y credos, con la certeza de mi unicidad en el universo, con asumir que nadie más que yo misma puede expresar quien soy, que digo, hago y construyo en el día a día.

 

Leer a Fictor Frank en “El hombre en busca del sentido” puede ser un principio para rencontrarme, pero reformular el propio concepto de mor, trabajo y arte es una herramienta esencial para regresar a la existencia verdadera, aquella que no se diluye en el cansancio o la inercia, aquel que resuena profundamente en lo que soy y siento, en la construcción de un diálogo poderoso que me devuelve el poder de vivir realmente.


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