11-S: cuatro papas frente al dolor y la esperanza

Desde Juan Pablo II hasta Francisco, la Iglesia convirtió el recuerdo del 11-S en un llamado mundial a la paz, reconciliación y dignidad.

 

El 11 de septiembre de 2001, mientras Estados Unidos enfrentaba uno de los episodios más devastadores de su historia reciente, el dolor provocado por los atentados terroristas también llegó al corazón del Vaticano. En Castel Gandolfo, el entonces Papa Juan Pablo II recibió la noticia de los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva York y otros objetivos en territorio estadounidense. La conmoción fue inmediata.

 

Después de conocer los primeros detalles de la tragedia, Karol Wojtyła se retiró a orar en la capilla del Palacio Apostólico. Poco después envió un telegrama de condolencias y solidaridad al presidente estadounidense George W. Bush, en el que calificó los atentados como un acto de “indescriptible horror” y una expresión “inhumana” de violencia.

 

Pero el mensaje papal no se limitó a expresar condolencias. Desde las primeras horas, Juan Pablo II colocó el sufrimiento de las víctimas en una dimensión universal: la tragedia, sostuvo, constituía una herida contra la dignidad de toda persona.

 

Al día siguiente, durante la audiencia general en la Plaza de San Pedro, el silencio sustituyó a los tradicionales aplausos. Ante miles de fieles, el Pontífice describió el 11 de septiembre como un día oscuro para la humanidad y planteó una pregunta que resumía la incredulidad ante semejante violencia: cómo podían ocurrir actos de una crueldad tan extrema.

 

Para el Papa, la respuesta no podía encontrarse en una espiral de odio. Frente al mal, señaló a Cristo como fundamento de la esperanza y como la certeza de que la violencia y la muerte no tienen la última palabra.

 

Frente al odio, diálogo y reconciliación

 

Mientras Juan Pablo II llamaba desde Roma a rechazar la violencia, en esa misma ciudad se desarrollaba el Capítulo General Ordinario de la Orden de San Agustín. Entre los participantes se encontraba el religioso estadounidense Robert Francis Prevost, quien años después se convertiría en Papa León XIV.

 

El contexto de aquellos días marcó también sus palabras. El 21 de septiembre de 2001, durante la misa de clausura de los trabajos en la iglesia de Santa María del Pueblo, Prevost recordó los atentados y advirtió que la violencia observada en Estados Unidos no podía analizarse de manera aislada.

 

En su reflexión vinculó el crecimiento del odio con problemas sociales más profundos, entre ellos la pobreza extrema y las injusticias que afectan a millones de personas. Frente a quienes reclamaban venganza, propuso otra respuesta: que los cristianos fueran testigos de la unidad, el diálogo, la paz y la reconciliación.

 

Aquel planteamiento adquirió con los años una dimensión especial. El hombre que en 2001 reflexionaba como religioso agustino sobre las consecuencias humanas de la violencia terminaría ocupando la sede de Pedro y retomando, desde el pontificado, la defensa de la paz como una responsabilidad universal.

 

Un año después, el llamado contra la venganza

 

El 11 de septiembre de 2002, al cumplirse el primer aniversario de los atentados, Juan Pablo II volvió sobre la tragedia durante su audiencia general.

 

El Papa recordó a las personas que murieron en el derrumbe de las Torres Gemelas y condenó nuevamente al terrorismo como una manifestación de crueldad contra la humanidad. Pero su mensaje fue más allá de la condena: rechazó que la violencia armada, la guerra o el deseo de revancha pudieran convertirse en instrumentos para resolver los conflictos.

 

En lugar de ello, defendió la razón y el amor como caminos para superar las diferencias entre individuos y pueblos.

 

La postura de Wojtyła cobró especial relevancia en un momento en que el mundo se encontraba marcado por las consecuencias políticas y militares de los atentados. Su mensaje insistía en que combatir el terrorismo no debía significar abandonar la dignidad humana ni alimentar indefinidamente los ciclos de violencia.

 

La Zona Cero, entre la ausencia y la esperanza

 

Siete años después de los atentados, el Papa Benedicto XVI llevó esa reflexión hasta el lugar donde se encontraba el corazón de la tragedia.

 

El 20 de abril de 2008, durante su visita apostólica a Estados Unidos, Joseph Ratzinger acudió a la Zona Cero de Nueva York. Las Torres Gemelas ya no estaban. En su lugar permanecía un enorme vacío que, con el paso del tiempo, se convirtió también en un símbolo de ausencia, memoria y reconstrucción.

 

Ante aquel espacio, Benedicto XVI encendió una vela en memoria de las víctimas. Después se arrodilló y oró por quienes habían muerto y por un mundo que continuaba enfrentando conflictos y violencia.

 

La escena resumió una de las constantes de los mensajes papales sobre el 11-S: frente a un lugar construido sobre la destrucción, la respuesta debía ser la reconstrucción; frente al miedo, esperanza; y frente a la violencia, el compromiso permanente con la paz.

 

Ninguna vida puede ser considerada prescindible

 

En el décimo aniversario de los atentados, el 11 de septiembre de 2011, Benedicto XVI volvió a pronunciarse. En un mensaje dirigido al arzobispo de Nueva York, Timothy Dolan, calificó los acontecimientos de 2001 como una tragedia especialmente dolorosa porque sus responsables habían pretendido actuar en nombre de Dios.

 

El Papa fue categórico: ninguna circunstancia puede justificar el terrorismo.

 

En el centro de su mensaje colocó el valor irreductible de cada ser humano. Toda vida, afirmó, es preciosa ante los ojos de Dios y, por ello, la comunidad internacional debía redoblar los esfuerzos para proteger los derechos y la dignidad de las personas y de los pueblos.

 

La memoria de las víctimas, desde esta perspectiva, no debía quedar reducida a una fecha en el calendario. Debía convertirse en una obligación moral para impedir que el desprecio por la vida volviera a imponerse.

 

Francisco: el dolor que todavía clama al cielo

 

El 25 de septiembre de 2015, el Papa Francisco llegó también a la Zona Cero. Para entonces, el sitio se había convertido en un memorial dedicado a las víctimas de los atentados.

 

Dos enormes piletas ocupaban el espacio donde estuvieron las Torres Gemelas. En sus bordes aparecen inscritos los nombres de las 2 mil 974 víctimas de 90 nacionalidades.

 

Durante un encuentro interreligioso, Jorge Mario Bergoglio definió los atentados como un acto insensato de destrucción y habló de un dolor palpable y desgarrador que parecía gritar al cielo.

 

El agua que desciende hacia el centro vacío del memorial, explicó, evoca las vidas que se perdieron bajo el poder de quienes consideraban la destrucción como una solución a los conflictos.

 

See Also
Trump dice haber "ganado" la guerra contra Irán

Francisco insistió entonces en una idea que atraviesa décadas de pronunciamientos papales: la violencia genera más violencia; el odio produce más sufrimiento y la revancha profundiza las heridas.

 

Frente a ello, colocó la reconciliación y la unidad como caminos capaces de imponerse sobre la división.

 

Su conclusión fue sencilla y contundente: la humanidad debía pedir el don de comprometerse con la causa de la paz.

 

“Nunca más” como compromiso de la humanidad

 

Una década después, el 11 de septiembre de 2021, Francisco retomó nuevamente su llamado. En un mensaje enviado al Foro Interreligioso del G20, celebrado en Bolonia bajo el lema “Es hora de sanar: paz entre las culturas, comprensión entre las religiones”, advirtió que ante la paz nadie puede permanecer indiferente o neutral.

 

El Papa llamó a defender el derecho de todas las personas a resolver sus conflictos sin recurrir a la violencia y pidió un compromiso activo de las religiones y de las sociedades.

 

Su mensaje condensó el sentido de dos décadas de reflexiones sobre el 11-S: no basta con recordar a quienes murieron; es necesario trabajar para que las condiciones que permiten el odio, la violencia y la guerra no sigan reproduciéndose.

 

“Nunca más la guerra, nunca más contra los demás, nunca más sin los demás”, planteó Francisco.

 

Veinticinco años después, la memoria permanece

 

A 25 años de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la historia conserva imágenes de edificios colapsados, humo, fuego y miles de familias enfrentadas a una pérdida irreversible. Pero también permanece otra memoria: la de quienes, desde distintos espacios, eligieron responder al horror con una defensa de la vida.

 

Desde Juan Pablo II, que se arrodilló en oración apenas conoció la noticia; Benedicto XVI, que llevó una vela a la Zona Cero; Francisco, que convirtió aquel memorial en escenario de un llamado interreligioso por la reconciliación; hasta León XIV, quien en 2001 reflexionaba como religioso sobre las raíces sociales de la violencia, existe un hilo conductor.

 

Ese hilo es la convicción de que ninguna causa, ideología, conflicto o diferencia puede convertir la vida humana en algo prescindible.

 

El 11-S dejó una herida que atravesó fronteras, religiones y generaciones. Las víctimas pertenecían a decenas de nacionalidades y sus historias quedaron unidas para siempre por una tragedia que cambió al mundo.

 

Pero la memoria también puede tener otro significado.

 

Recordar no solamente para volver a mirar el horror, sino para defender la dignidad de quienes fueron arrebatados de sus familias. Recordar para rechazar la venganza como destino inevitable. Recordar para entender que la paz no es únicamente ausencia de guerra, sino una tarea cotidiana que requiere diálogo, justicia, solidaridad y respeto.

 

A un cuarto de siglo de aquel día, el llamado que surgió desde Roma conserva su vigencia: ante quienes buscan dividir y destruir, la respuesta humana sigue siendo apostar por la vida, la reconciliación y la paz.


© 2024 Grupo Transmedia La Chispa. Todos los derechos reservados

Scroll To Top