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Homilía Arzobispo de Yucatán – Domingo Último del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Cristo Rey, Ciclo A

Homilía Arzobispo de Yucatán – Domingo Último del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Cristo Rey, Ciclo A

Homilía Arzobispo de Yucatán – Domingo Último del Tiempo Ordinario, Solemnidad de Cristo Rey, Ciclo A

Ciclo A

Ez 34, 11-12. 15-17; 1 Cor 15, 20-26. 28; Mt 25, 31-46.

“Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino” (Mt 25, 34).

In láake’ex ka t’aane’ex ich maaya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. U noj k’iinil Jesucristo Rey del Universo, u Iglesia u lu’umil México ku k’iinbesik u k’iinil laico. Lela’ u ti’al u chíimpolta’al ti’ tu láakal te’ex, laáke’ex laicos, ka meyaje’ex sáansamal u nojochtal u Reino Cristo ichkool, le máax ku chuk kayob, ku koonol, waa je’e ba’alak meyaje’. Ti’ Iglesia, u kaajal Yuumtsile’, tu láakal laico yaan junp’eel kúuchil yéetel u meyaj taaan u beetik u bejil u santificación. ¡Viva Cristo Rey!

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor. Hoy celebramos en la Iglesia la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Luego haber celebrado su misterio de encarnación, nacimiento, muerte, resurrección y ascensión a los cielos, después de alegrarnos con su triunfo redentor en María, en sus apóstoles, en sus mártires, en sus confesores, en sus vírgenes y en todos sus santos, estamos cerrando el último domingo del Tiempo Ordinario con esta gran solemnidad. Ya el próximo domingo comenzará un nuevo Año Litúrgico.

Hoy en México estamos celebrando el Día del Laico. Por eso les saludo y felicito a todos ustedes hermanos laicos, que tienen la tarea de santificar el mundo, llevando el Evangelio a la milpa, a la pesca, a la empresa, al comercio, a la educación, a la cultura, al arte y al deporte. Ustedes son hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo; hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia.

La intención de esta celebración es darles a todos los laicos el lugar que ocupan en la Iglesia como miembros del Pueblo de Dios, tal como quedó definido en el Concilio Vaticano II. Por eso en el año 2018, los obispos de México elegimos esta fecha de la solemnidad de Cristo Rey, teniendo presente que, hace casi cien años, junto a un gran número de sacerdotes, muchos laicos dieron la vida por defender su fe, al grito de “¡Viva Cristo Rey!”.

Por la misma razón, los obispos elegimos para ustedes como patrono a un laico, un abogado, el beato mártir, Anacleto González Flores, un hombre piadoso que practicó la vida sacramental, que enseñó el catecismo y que de una manera pacífica, defendió la Iglesia y nuestra fe en medio de la persecución de nuestras autoridades civiles, exhortando a todos con su predicación y sus publicaciones a no conformarse con la oración privada, sino a expresar públicamente su fe, llevándola a todos los espacios de la vida.

Muchos católicos tomaron las armas para defender la fe contra las fuerzas federales. A todos los que tomaron esa opción se les respeta, pero el camino de los cristianos nunca debe ser la violencia ni la venganza. Nuestro Evangelio es de paz, y anunciamos a un Rey de paz, el cual dijo a Pilatos: “Mi Reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi Reino, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; ahora, pues, mi Reino no es de aquí” (Jn 18, 36).

Hoy, como siempre, nuestra Iglesia anuncia la paz, a pesar de todas las guerras que hay en el mundo; reafirmamos que ninguna de ellas se justifica, y mucho menos se justifica en nuestra Patria la violencia del crimen organizado, que durante años ha sembrado el terror asesinando, secuestrando, cobrando cuota de piso y corrompiendo a tantas autoridades que les han facilitado sus operaciones.

Donde existe toda esta maldad y crueldad, Cristo no está reinando. Nosotros queremos que Cristo reine y por eso oramos por la paz, pero también tenemos que continuar fomentando y participando en diálogos con todos los sectores de la sociedad, para ir fortaleciendo el tejido social. Igualmente es necesaria la educación para la paz, así como la educación contra todo lo que lleva a perderla. Nuestras autoridades tienen el deber de protegernos de toda clase de violencia, y nosotros tenemos la tarea de superar las injusticias, sabiendo que la paz es fruto de la justicia.

En la primera lectura de hoy, tomada del profeta Ezequiel, el Rey del cielo se manifiesta como un Buen Pastor, que viene a buscar a sus ovejas y a cuidar de ellas y dice: “Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré. Yo las apacentaré con justicia” (Ez 34, 16). Ojalá que laicos, religiosos, religiosas y ministros todos, imitemos a ese Rey-Buen Pastor, para que nadie se sienta con derecho a juzgar y condenar a nadie, pretendiendo ocupar el lugar de Dios.

Vivimos en una época de gran confusión, pero no nos precipitemos a odiar y a condenar, más bien juntos cuidemos a las ovejas, dejando el juicio al Rey de reyes. Trabajemos por poner en los labios de todos los cristianos y de todos los seres humanos el salmo 22, que hoy proclamamos: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”.

En la segunda lectura, san Pablo en su Primera Carta a los Corintios nos describe muy bien cuál es el plan de Dios, y cómo Cristo debe llegar a ser el Rey de todo cuanto existe. Dice: “Porque él tiene que reinar hasta que el Padre ponga bajo sus pies a todos sus enemigos” (1 Cor 15, 25). Aunque veamos el mundo de cabeza, no perdamos la esperanza, porque nuestro mundo está en las manos de Dios. Luchemos todos de manera pacífica, sin condenar a nadie; hagámoslo más bien al estilo de Cristo y del beato mártir Anacleto. Veamos en el Evangelio como Cristo sólo condenaba a los fariseos y a los escribas por creerse perfectos, por dedicarse a juzgar y condenar a los demás.

El evangelio según san Mateo nos presenta a Cristo como Rey al fin del mundo, apartando a las ovejas de los cabritos, como símbolo de los buenos y los malos. Los puestos a su derecha son los buenos, invitados a tomar posesión de su reino, son los que obraron con misericordia durante su vida; mientras que los puestos a su izquierda, enviados al fuego eterno, son los malos, los que cerraron su corazón ante los necesitados.

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Seremos juzgados al fin de los tiempos sobre el amor. Fuimos creados por amor y para amar, así es que la materia del juicio final será precisamente esa, el amor misericordioso, no el amor sentimental, ni el amor de pensamiento, sino la vida en el amor, tal como lo dice san Pablo: “lo que vale es la fe que actúa mediante el amor” (Gál 5, 6). Jesús se identifica con el hambriento, con el sediento, con el migrante, con el desnudo, con el enfermo y con el preso. Sirviendo a Cristo presente en la persona de nuestros hermanos necesitados aseguramos nuestra participación en el Reino de Cristo.

 

Veamos la historia de todos y cada uno de los santos, y encontraremos que, en su totalidad, sin excepción, sirvieron a Cristo en la persona de sus hermanos. Hagámoslo con sencillez, sin creernos santos, pues esa sencillez se alcanza cuando dejamos de juzgar a los demás, cuando nos reconocemos pecadores, necesitados siempre de la misericordia de nuestro Rey, Cristo Jesús.

 

Que tengan una feliz semana. ¡Viva Cristo Rey!

 

 

 


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