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El inescrutable mundo de las mentiras

El inescrutable mundo de las mentiras

El inescrutable mundo de las mentiras

Todos mentimos y cubrimos momento a momento la cara de la realidad. Pero hay consecuencias. Sumirnos cada vez más en el cinismo y la incredulidad.

Hoy, cualquier persona profiere de una a dos mentiras al día en promedio. De manera simultánea, cada uno de nosotros enfrenta entre 10 y 200 mentiras en un lapso de 24 horas.

Existe incluso un caso que sale de este patrón convencional: El presidente Andrés Manuel López Obrador miente 88 veces en cada conferencia, según datos del consultor político Luis Estrada, director de la consultoría SPIN.

¿Por qué hay tanta propensión a la mentira?

Para evitar la evaluación negativa o el castigo y realzar la propia imagen, obtener una recompensa, por compulsión o descuido, por el deleite de engañar o para proteger a los otros. El verdadero problema aparece cuando es de manera compulsiva. Es cuando el engaño se vuelve parte de lo que proferimos.

Hay mentiras por error. Es cuando mentimos sin darnos cuenta. No son mentiras deliberadas ni premeditadas, simplemente el mentiroso está convencido de que dice la verdad, pese a que no lo sea.

Las mentirijillas son mentiras que se hacen con buena intención, para no hacer daño a otras personas. Las llamadas azules son para buscar el beneficio de los “nuestros” aunque se perjudique a los “otros”, mientras las negras son egoístas y buscan favorecernos sin importar que dañemos a otros.

Cuando no expresamos toda la información se llaman mentiras por omisión y las mentiras de reestructuración aparecen cuando cambiamos el contexto de un dicho. En las de negación no se reconoce una verdad y las de exageración se apoyan en el recurso de la hipérbole que magnifica la situación.

A la inversa, hay mentiras de minimización y también existe autoengaño. Las mentiras instrumentales son las deliberadas o intencionales y las piadosas las que proferimos para evitar que alguien se sienta mal.

Y hay más: promesas rotas, plagio y mentiras compulsivas que evidencian a quienes tienen problemas psicológicos y creen sus propias mentiras.

Podemos vivir con muchas mentiras a cuestas. Algunas ya se consideran parte de las costumbres populares y no por ello menos perniciosas como “ahorita llego” o “nosotros te llamamos” aun conscientes de que mentimos.

Pero ¿qué ocurre cuando vivimos en un mundo al revés, cuando la mentira se institucionaliza y se emplea para la polarización?

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Entonces las mentiras deben evidenciarse. No pueden normalizarse si se pretende mayor certidumbre social.

Entonces se aplaude que la candidata del Frente Amplio por México, Xóchitl Gálvez, muestre un fragmento de la toma de protesta del presidente mexicano donde asegura que “por encima de la ley no hay nadie”. Enseguida presenta un nuevo video donde el mandatario profiere: “por encima de la Ley de Datos Personales está la autoridad moral y política”.

¿Por qué nos atrapan las mentiras? Lo falso no queda atrapado por el límite circunstancial que le impone la realidad. En esa libertad se pueden exagerar dimensiones del discurso, como las emociones, que son especialmente atractivas

La difusión de un mensaje aumenta al ritmo nada despreciable del 20% por cada palabra emocional que se agrega.

Por eso el Síndrome de Pinocho se extenderá cada vez más en distintos personajes de la vida pública y privada.


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